La Reconciliación en el país del sagrado corazón: ¿Entre quienes y para qué?

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Últimamente ha adquirido notoria relevancia hablar de reconciliación al interior de la sociedad colombiana. Dicho concepto es utilizado de múltiples formas, a tal punto que su interpretación llega a ser confusa, en especial, cuando el Estado quiere imponer la interpretación más conveniente para la clase que detenta el Poder. Como dirían las mamás, pues busque en el Diccionario y eso hicimos; la Real Academia de la Lengua Española (R.A.E) afirma que el término de reconciliación alude a “1. Volver a las amistades, o atraer y acordar los ánimos desunidos.”

Si partimos de esta definición sería lógico pensar que alguna vez estuvimos unidos, puesto que para acordar los “ánimos desunidos”, tal como se menciona en la definición, en algún momento de la historia tuvimos que tener algún tipo de acuerdo que nos cohesionara como grupo social. Así pues, la base filosófica de la idea de reconciliación comienza a desvanecerse frente a lo que ha sido nuestra realidad histórica puesto que en Colombia ni siquiera se ha consolidado un proyecto de nación -ideario bastante discutible de entrada-. Esto se hace evidente en las pugnas que se han dado en nuestro territorio desde la gesta bolivariana, pasando por el surgimiento de los partidos políticos, la guerra de los mil días, la época de la violencia, y en general, nuestra historia reciente, por tan sólo citar algunos referentes, en ese sentido, si no podemos hablar ni siquiera de un proyecto artificial como lo es el de nación en Colombia, mucho menos puede hacerse sobre uno de implicaciones mucho más profundas como lo es el de “Pueblo”.

Ahora bien, en caso de que hipotéticamente fuese posible dejar de lado lo que señalamos anteriormente aparecerían en el escenario otros elementos que igualmente problematizarían el concepto de reconciliación que tanto se promueve hoy en día. Aunque existiese dicha situación idílica en la que fuese posible una reconciliación, en lo que el término se refiere, sería obvio preguntar ¿en Colombia quienes tendrían que ponerse de acuerdo? Y ¿con qué fines sostendrían lo acordado?

Si hablamos de esto con algún funcionario del Estado, nos dirían que simplemente se trata de reconciliarnos como país, lo que traducido de nuestra parte en palabras más sinceras, significa reconciliarnos entre quienes han sufrido esta guerra – desde sus orígenes-, condenados a sobrevivir por debajo de la línea de pobreza, vendiendo nuestra mano de obra de forma miserable; con aquellos que la han comprado beneficiándose de nuestra explotación.

Por ello no nos resulta descabellado afirmar que lo que realmente se busca promover es que nos reconciliemos con las clases que se han beneficiado de nuestra hambre, que nos han robado nuestras raíces y nuestra tierra. La dignidad nos impide estar dispuestos a esto, ya que no podemos olvidar que lo que aquí sale a la luz es la existencia de la lucha de clases, un claro antagonismo en la historia en el que no es posible acordar cuando lo que está en juego son modos radicalmente diferentes de ser/estar en el mundo. No estaríamos nosotros y esperamos que ustedes tampoco estimados lectores, en estar de acuerdo en que existan pobres y ricos, que para que el patrón viva cómodamente con su familia nosotros tengamos que estar sobreexplotados en el trabajo, o tener que sacrificar horas de nuestras vidas por salarios ridículos mientras otros ganan millones durmiendo en una cómoda silla en el Senado por tan sólo citar ejemplos.

Como no se trata una cuestión de voluntades, y eso si lo hemos aprendido en los libros de historia, no podemos esperar ni reconciliar lo que nunca ha sido conciliado, ni tampoco llegar a acuerdos cuando unos tienen la barriga llena y otros no. Por ello insistimos en reconocer de manera abierta y franca, que lo que realmente vivimos es una lucha constante entre dos intereses y que para superar este estadio, es necesario que desaparezcan las condiciones que posibilitan los antagonismos de clase, es decir, las condiciones materiales concretas, si queremos ser más específicas, que el pan, la tierra, el ocio, y el descanso deje de ser el lujo de unos y la preocupación de otros, para ser el disfrute de todas.

Esta reflexión surge para iniciar el debate sobre el momento histórico que vivimos, y como desde el movimiento anarquista podemos afrontarlo sin temor a expresar nuestra posición, momento en el cual las principales insurgencias del país, han entrado como varios años atrás en etapas de diálogos, las FARC-EP con la expectativa de que el gobierno Santos cumpla lo acordado, y el ELN ad portas de una negociación que se plantea mucho más ambiciosa en su agenda inicial, pero que veremos desde el 8 de Febrero a que tanto está dispuesto a discutir un país controlado por grandes mafias nacionales o internacionales que han demostrado no estar dispuestas a ceder en sus intereses de clase.

Colectivo Contra informativo Subversión

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