VIOLENCIA OBSTÉTRICA: UNA VIOLENCIA SILENCIOSA CONTRA LA MUJERES

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Puede que me arresten, me procesen y me metan en la cárcel, pero nunca me callaré; nunca asentiré o me someteré a la autoridad, nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora y que se ceba con sus inocentes víctimas. Aquí y ahora declaro la guerra a este sistema y no descansaré hasta que sea liberado el camino para una libre maternidad y una saludable, alegre y feliz niñez”.

Emma Goldman(1916)

Este texto está dedicado a todas aquellas mujeres de que alguna u otra manera han sufrido el maltrato de un sistema excluyente, machista, degradante y que en consecuencia, sus vidas han estado marcadas por las huellas de esta violencia que permean hasta hoy sus recuerdos y sus cuerpos. Por todas ellas, por las que vienen, por la libertad de decidir y denunciar, por una maternidad libre y sin prejuicios.

La violencia contra la mujer, es indiscutiblemente uno de los pilares más importantes del sistema capitalista, en términos de socavar sus libertades colectivas e individuales, imponiendo comportamientos, actitudes, prototipos e imaginarios de mujer que sin más, terminan empeorando las relaciones de desigualdad que sustentan al sistema mismo en clara contravía del florecimiento de todas aquellas mentes que se piensan la transformación de su propia realidad a partir de la construcción de nuevas formas de relaciones tanto sociales, como políticas, culturales y económicas. La mujer, históricamente oprimida y víctima de un sinnúmero de agresiones a su integridad física, psicológica, social y económica ha resistido los golpes de una sociedad educada bajo los cimientos del egoísmo, la exclusión, la competencia y la violencia desmedida; de allí, importantes movimientos y asociaciones libres de mujeres que buscaron – y buscan – abatir desde las prácticas cotidianas y la denuncia global del capitalismo y – para quienes aún no son conscientes de ello- del maltrato en todas sus formas contra la mujer que generen su apabullamiento, sumisión y silenciamiento.

Es habitual encontrar a diario en los titulares de noticias referencias de esto: violaciones, asesinatos, golpizas, amenazas, persecuciones, abusos de poder, quemas con ácido, etc., los cuales de alguna u otra forma, con los años han logrado posicionar las denuncias en un lugar mucho más alejado del silenciamiento al que se sometía este ejercicio décadas atrás, ahora es mucho más viable, pero también parece ser, mucho más común el ejercicio de la violencia contra la mujer. Parece ser, que esta ha permeado todos los contextos de la vida: familiar, sentimental, social, laboral, todas con un infinito listado de denuncias, mayoritariamente hasta hoy, impunes.

Sin embargo, existe no como algo nuevo, una práctica que cuenta aún con muy pocas denuncias: La violencia obstétrica, la cual se practica contra todas aquellas que, de alguna u otra forma, independientemente de su contexto, se encuentran en un estado de vulnerabilidad lleno de hermosas transformaciones: el embarazo. Es a partir de este proceso, en el que la mujer empieza a recibir serios vejámenes contra su integridad y la del ser que lleva en su vientre, que, hasta el día de hoy, se han convertido en prácticas que aparte de ser violentas, se han normalizado y silenciado, tal vez por miedo o por ignorancia. Por esto, la importancia de definirla para poder denunciarla.

¿Qué es la violencia obstétrica? – Definirla es reconocerla y denunciarla.

La violencia obstétrica es toda violencia o maltrato que sufre una mujer durante el tiempo de embarazo, parto y puerperio1, por tanto es considerada por la OMS como violencia de género. Este tipo de maltrato es efectuado generalmente por los profesionales de la salud que atienden a la mujer en cada una de estas etapas, pasando tanto por una violencia psicológica atravesada por el señalamiento, burla y cuestionamientos del embarazo de la misma, como por la violencia física a la que haremos referencia más adelante. La violencia obstétrica se evidencia desde el momento en que la mujer deja de ser un sujeto activo en un momento trascendental, crucial de su vida, para ser un objeto al que se interviene y domina las veces y de las formas que crea necesario el personal médico, en relación asimétrica con la mujer, deshumanizando su voluntad, su dignidad, dejándola en un estado de obediencia y subordinación, alejándola de todo poder sobre su cuerpo y desnaturalizando el parto al procurar, por ejemplo, adelantarlo del tiempo natural que este necesita.

La coordinadora General de la Red Latinoamericana y del Caribe por la humanización del parto y del nacimiento, Gilda Vera señala: “El parto es algo que le pertenece a ella. Todo lo que el equipo de salud haga para que no sea absolutamente natural, es violencia. (…) Hacer intervenciones innecesarias, romper la bolsa cuando no se debe, apresurar el parto es violencia obstétrica”2. Este tipo de violencia, se ha naturalizado por el mundo entero, las mujeres creen que este proceder es normal como evidencia indiscutible de la experiencia del profesional médico que la “atiende”, pero, lo cierto es que la carga psicológica que imponen sobre la mujer, en momentos de vulnerabilidad física y emocional es tan fuerte, que muchas veces ella se siente culpable de su propio embarazo, y que por esto, a modo de karma debe sufrir las consecuencias y aguantar cualquier señalamiento y dolor. Es por ello, que la violencia obstétrica ha logrado reinar en los hospitales, en las salas de parto con total impunidad, convirtiéndose en una de las violencias de género más silenciosas en nuestro tiempo.

Se hace necesaria definirla, pues sin esto, será difícil denunciarla. Apenas hace un tiempo algunos países lo han logrado, o han dado, por lo menos, los primeros pasos para hacerlo:

En América Latina luego del Congreso “Humanización del Parto y el Nacimiento”, realizado en Ceará, Brasil en Noviembre del año 2000, se formó la Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del Parto y el Nacimiento (RELACAUPAN) que agrupa y pone en contacto a redes nacionales, agrupaciones y personas, y “que propone mejorar la vivencia del parto y la forma de nacer”. Esta red es la que ha motorizado que en Mayo se organice, en todos los países de la región, la “Semana Mundial por un Parto Digno y Respetado” (…) Venezuela promulgó la “Ley Orgánica Sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia” (19 de Marzo de 2007), por otra parte, Argentina tiene la Ley de Protección Integral de las Mujeres – Ley 26485 (11 de Marzo de 2009) y diseñó el “Test de Violencia Obstétrica” que identifica estas prácticas rutinarias sobre las mujeres en este país. Posteriormente, México a través del liderazgo de la organización El Parto es Nuestro, se involucra al tema desde el 30 de 20 Abril del 2014. Finalmente, Chile elaboró un proyecto de Ley que penaliza la violencia obstétrica a partir de las investigaciones realizadas por el Observatorio de Violencia Obstétrica”3

Colombia por su parte, apenas está en proceso de definición, para reafirmarla, informar y poder así denunciar. Sin embargo, es importante reconocer y aclarar que la vía legal no debe ser la que marque la ruta para denunciar públicamente este tipo de violencia, debe ser el esfuerzo mancomunado de la sociedad por informarse, reconocerla y por qué no, emprender campañas voz a voz ,para dar a conocer a muchas que este tipo de violencia existe y que debe ser denunciado.

Violencia psicológica, un trato deshumanizado.

Como ya se ha mencionado, la violencia obstétrica ha logrado normalizarse en distintos sectores de la sociedad, debido al comportamiento descontextualizado del cuerpo médico “especializado” en atender los partos evidenciándose en los siguientes comportamientos por parte del mismo: gritos, cuestionamientos, comentarios humillantes, infantilización de la mujer o evasión de las preguntas que ella tiene durante el embarazo, parto y puerperio. En algunos casos, mujeres han sido amarradas a las camas para evitar que sus movimientos cargados de desespero molesten a las demás madres que comparten con ella la sala de partos, por lo mismo les prohíben gritar. Asimismo, distintas actitudes cargadas de odio e indiferencia son prácticas comunes, como la utilización de frases inhumanas que señalan lo siguiente con un frescura desmedida : “Con esto, no vas a querer más hijos” o “Quién te mandó a abrir las piernas”; a su vez, la realización de tactos inescrupulosos por médicos y unos 5, 6, 7, 8 aprendices que ven a la mujer como el objeto que todos pueden tocar para aprender mejor la obstetricia… dejan a la mujer en un grado de inferioridad que tal vez nunca haya tenido que vivir en su vida y que en el momento más especial de la misma ha tenido que hacerlo, lamentablemente.

Una mujer cuenta: “Estamos semidesnudas, en presencia de extraños, muchas veces solas, en espacios que nos son desconocidos y en los que no ejercemos ningún poder, en posición de sumisión total: con las piernas abiertas y levantadas, tumbadas contra la espalda, con los genitales expuestos y está en juego nuestra vida y la de nuestros hijos.”4

Por otro lado, es violenta la forma en la que el/la hija es separada bruscamente de la madre al nacer, sin dejarla vivir ese momento único y maravilloso, en la que los lazos de amor creados desde su barriga buscan materializarse con la necesidad de un primer abrazo. Está comprobado científicamente que esto ayuda a las relaciones de apego y beneficia al bebé en el control de la temperatura y regulación emocional.5 Esto nos lleva a pensar que se hace necesario recordar, por más ridículo que debiera ser, que el nacimiento de un ser y de su madre, requieren todo el respeto del mundo.

Un testimonio cuenta: “Dijo el anestesista ‘Ese es Aner’. Se lo llevaron, lo trajeron vestido y limpio, me dijeron ‘dale un beso’, como si fuera una orden, y se lo llevaron. Estuve tres o cuatro horas en la sala del despertar, no paraba de llorar para que me trajeran al niño, quería darle el pecho. Había cinco pacientes más, una sin útero, yo gritaba que me trajeran al niño. Me decían ‘estás loca’. Vino un celador contando: ‘tranquila, chica, si yo ya he visto a tu niño y es muy bonito.’ ¡Cómo si eso me animara! Todo el mundo lo había visto menos su propia madre.6

A todo esto podemos sumarle que en la mayoría de los casos se les priva a las mujeres de parir junto a su compañero sentimental, padre de su hijo/a o de la persona que ella decida tener a su lado en ese momento, lo cual siembra un desgaste emocional de la madre quien debe no solo resistir el dolor físico de un parto, sino el de saberse sola y sin apoyo.

Violencia física, la mujer como máquina de reproducción.

En el momento del parto, los médicos acuden a la artimaña inhumana de inducir partos por comodidad ya que para ellos, entre más rápido realicen el procedimiento, mejor librados saldrán y con tiempo a su favor, como si la mujer fuese una máquina de reproducir bebés en tiempo récord.

Entre las excusas más mencionadas se encuentran: que la mujer tiene la pelvis muy estrecha, lo que dificultaría un parto natural, o deducciones tales como: “si no dilata rápido, le haremos cesárea”. Se ha naturalizado la cesárea, es como si fuera ‘la otra forma de parir’ cuando en realidad es un recurso médico, que tiene una indicación precisa. A nadie le operan el apéndice por las dudas”, ejemplifica María Pichot, fundadora de la asociación civil Dando a luz.7.

No por capricho la OMS realiza una serie de recomendaciones para los profesionales de la salud y los centros de atención médica, que sorprendentemente rayan con el salvajismo: Por un lado, procurar evitar la maniobra llamada kristeller, que trata de empujar al bebé dentro del vientre para agilizar su nacimiento. Frente a ello, una mujer cuenta: “Me hicieron muchos tactos dolorosos e innecesarios. Una enfermera incluso se sentó sobre mi panza para ver si el bebé bajaba. Al final tuve una cesárea espantosa, me hicieron cualquier cosa. Yo no existía”8. Asimismo, la utilización del instrumento conocido como fórceps9, el cual pone en riesgo a la madre, pero especialmente al bebé cuando este instrumento es utilizado para halarlo desde la cabeza, pudiendo generar daños irreversibles en su cráneo.

De otro lado, evitar la episiotomía, entendida como un corte realizado en la zona perianal para agrandar la apertura de la vagina, practica muy común, especialmente en partos de alto riesgo. Muchas veces esta práctica no es siquiera consultada a la directamente implicada: la madre, a la cual, en situación de vulnerabilidad le practican lo que les parezca más fácil en el momento, sin importar la opinión o posición de ella. De igual forma, el abuso de medicalización sin consulta previa a la madre con el fin de aumentar las contracciones para que estas se produzcan en un lapso de un minuto entre cada una durante aproximadamente 4 horas.

Otra recomendación de la OMS es: no obligar a la madre a parir en posición horizontal o inmovilizada, pues está comprobado que esta posición genera mucho más dolor e incomodidad en la madre y puede resultar también riesgosa para su bebé. Cada mujer debe decidir libre la posición en la que se sienta más cómoda para parir a sus hijos. De esto, se ha construido un saber no-occidentales y des-occidentales a partir de las prácticas de algunas parteras del Pacífico colombiano o indígenas latinoamericanas y doulas10, que más allá de una guía a la hora de concebir un ser, se construye como una convicción política y social de su pueblo. Finalmente, sugiere evitar la maniobra Hamilton, en la que el médico desprende del cuello del útero las membranas que rodean el bebé utilizando las manos o algún otro instrumento con el fin de permitir el desprendimiento que lo mantiene unido al útero.

¿Qué nos queda después de esto?

Sin duda alguna, este artículo es una invitación, un abrebocas para que las personas se motiven investigar con mayor profundidad esta violencia que por lo menos en Colombia, se presenta de manera silenciosa e impune en uno de los momentos más importantes en la vida de una madre. De esta manera, la denuncia como primer paso, urgente y necesaria, que permita o motive a otras madres, mujeres y hombres a denunciarla, así como buscar alternativas para difundirla y generar cuestionamientos de la medicina tradicional que se nos ha impuesto, y así permitirnos pensar que otro tipo de medicina y partos, en este caso, son posibles, que tenemos derecho a decidir libremente si queremos ser madres o no. Si es el caso, a tener una maternidad digna, viva y a la altura del momento, donde la madre, el padre, su hijo/a y su círculo familiar sean partícipes de esta experiencia única. Ejemplos de resistencia y nuevas formas de hacerlo han empezado a vislumbrarse y a reaparecer, como se mencionó con anterioridad con las parteras indígenas y del pacífico, que con un conocimiento popular, saben mucho más de dignidad que los obstetras que tienen una visión machista y egoísta del parto; las doulas por su parte, como apoyo emocional, tan necesario en estos momentos y tan evadido por los centros de salud.

De esta manera, la denuncia deberá ser cada día más efectiva, si abrazamos estas causas como propias y reivindicamos nuestras libertades como mujeres, que piensan, sueñan y transforman, todo por un mundo mejor para vivir.

1 Tiempo después del parto (pos parto), generalmente constituido los 40 siguiente días, conocidos comúnmente como la “dieta”. Momento de especial cuidado para la recuperación exitosa de la madre.

4 ¿Qué es la violencia obstétrica? Algunos aspectos sociales, éticos y jurídicos.[En línea] Francisca Fernández Guillén. Dilemata año 7 (2015), n° 18 , 113-128. ISSN 1989 – 7022.

5 Ibíd.

6 Ibíd.

8 Íbid.

9 Instrumento en forma de pinzas o tenazas que se utiliza en el momento del parto para ayudar a la extracción rápida del bebé, simulando un parto normal.

10 Es una persona capacitada en el parto, que proporciona apoyo emocional, físico y educativo a una madre que está esperando, está experimentando el parto, o ha dado a luz recientemente. El propósito de la doula es ayudar a las mujeres tener una experiencia de parto seguro, memorable, y empoderando.

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