Capitalismo

Suicidio: ¿Cuestión de cobardía?

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sui

Lo más alto ha de alcanzar su altura

partiendo de lo más profundo”

Nietzsche[1]

 

Nota aclaratoria: El presente artículo no debe ser interpretado como una apología al suicidio. Su intención es permitir un espacio de reflexión en el que se discutan algunas perspectivas en aras de aportar a la comprensión de este complejo fenómeno.

 

Polémico y enmarañado; Dos términos ineludibles a la hora de hablar sobre la causales que abrazan el fenómeno del suicidio a pesar de ser una práctica de vieja data dentro de la historia de la humanidad[2]. Dicho ello, cabría preguntarse: ¿por qué hasta nuestros días persiste la negativa a deliberar de forma amplia y concienzuda al respecto?, ¿en qué residen los apelativos desdeñosos   para referirse al suicidio?. Estos y otros interrogantes seguramente no poseen una respuesta única  que solvente la discusión, sin embargo, lo que si podríamos arriesgarnos a afirmar es que las condiciones actuales, es decir las que impone el sistema capitalista, están íntimamente ligadas a la  expresión contemporánea del suicidio.

En clave a este debate proponemos partir de dos presupuestos fundamentales para comprender nuestra línea argumentativa: en primera medida, ubicar el fenómeno del suicidio como una práctica inseparable de las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que rodean a un sujeto, y por tanto, imposible de concebir desde una mirada subjetivista que otorga la totalidad del peso explicativo a los criterios de la voluntad personal. Paralelamente, nuestro segundo presupuesto consiste en señalar que los juicios peyorativos sobre el suicidio recaen en la transgresión que implica esta práctica a lo que denominamos como “la Santísima Trinidad del Paradigma Autoritario de Occidente” compuesto por: el Cristianismo, la Ciencia y las Mercancías.

En efecto, resulta inverosímil tratar de comprender el fenómeno del suicidio al margen de las condiciones sociales que le rodean, al respecto, una idea de ello nos provee el aún controvertido debate sobre el suicidio en los animales[3]. Así pues, las posturas sobre este asunto pueden agruparse en dos grandes grupos: uno que señala que los animales no pueden suicidarse   puesto que  implicaría voluntad y/o decisión de hacerlo, cuestión que, sólo es posible a través de la razón lo cual es una facultad exclusivamente humana, de otra parte, una segunda postura afirma que si bien los animales “no deciden”  en términos humanos quitarse la vida, lo que si es plausible observar es que en algunas oportunidades especies animales desarrollan comportamientos que les llevan a morir en respuesta a un factor externo tal cual y como sucede con las abejas que pican para defenderse y posteriormente mueren, o, los delfines que dejan de respirar al ser confinados en piscinas pequeñas[4]. A partir de lo anterior se hace evidente que aunque no existe un consenso que permita resolver la polémica de forma definitiva en este momento, lo cierto es que el factor de la influencia que ejerce el medio sobre un ser vivo resulta crucial para comprender las causales que le llevan a quitarse la vida  independientemente de que sea un ejercicio “voluntario” o no.

Consecuentemente, la estrecha relación entre la práctica del suicidio y las condiciones del medio no es exclusiva de los animales, también, se hace manifiesta en los seres humanos. Indicativo es el caso de muchas culturas indígenas en América que durante el proceso de colonización perpetrado por los europeos caracterizado por toda clase de vejámenes  recurrirán al suicido colectivo “para impedir que su raza sea humillada y sometida sangrientamente. Es un mecanismo de defensa y autoafirmación de su propia cultura, que indómita y digna resiste las humillaciones y persecuciones”[5]. Este caso que resulta ilustrativo acerca de la influencia del medio social en la práctica del suicidio nos da luces sobre su censura en la historia como haremos referencia a continuación.

Uno de los principales referentes sobre la desaprobación de la práctica del suicidio históricamente ha sido el cristianismo. La razón de ello estriba en el ejercicio de poder conferido a la noción de vida. En efecto, desde el dogma cristiano es la figura de dios quien posee la voluntad y la facultad de otorgar la vida, de allí se desprende que su “materialización” es la manifestación del poder de dios en el mundo terrenal. Y no podría ser de otra manera, ya que el cristianismo al sustentar su entramado filosófico en la autoridad de un ser divino, construye los juicios de valor junto con las prácticas que le son propias a partir  de su voluntad. Véase pues a manera de ejemplo el famoso versículo de la biblia que señala: “Lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe”[6] .Visto desde esta óptica, la persona que decide suicidarse niega a la figura de dios como rectora sobre la vida, y por tanto, la autoridad emplazada en la imagen divina que es al mismo tiempo el sustento del paradigma cristiano. El suicidio saca el concepto de la vida de la noción celestial para situarle en el mundo terrenal, y de paso, al negar la supremacía de dios niega al dogma cristiano en su propia base.

Pero el suicidio no solamente niega la autoridad del canon religioso, también lo hace frente al paradigma de la ciencia occidental, especialmente, en la convergencia de la Medicina con el Derecho. Si bien ambas disciplinas aceptan la interrupción de la vida de una persona, esta práctica sólo es aprobada cuando una persona padece una enfermedad incurable y la autoridad médica así lo avala bajo una serie de parámetros, esto es, lo que comúnmente se conoce como eutanasia. Para el caso colombiano se ha dado una transición al respecto: en primera medida, el código penal en su artículo 326 hablaba de la figura de “Homicidio por piedad” el cual definía como “El que matare a otro por piedad, para poner fin a intensos sentimientos provenientes de la lesión corporal o enfermedad grave o incurable”[7] otorgando una pena que oscilaba entre los 6 meses y los tres años a quien lo practicase. Sin embargo, tendría modificaciones a partir de la sentencia C-236 de 1997, T-970 de 2014 y la Resolución 1216 de 2015, en las que de manera sintética, se acepta la interrupción de la vida de forma asistida con beneplácito de la autoridad médica exonerando de perjuicios penales.

Así pues, aunque esta práctica conciba la muerte voluntaria como una posibilidad, no deja de estar atada a un parámetro de autoridad: en este caso la médica como se señaló anteriormente. Por tanto, el ejercicio voluntario de interrumpir la vida  de una persona queda limitado a las consideraciones de un agente externo, que en el binomio medicina/derecho,  tipifica las condicionales para hacerlo basándose en criterios ligados al orden de lo biológico -enfermedades incurables y/o “estados vegetativos”-. En últimas, noción aunque progresista en comparativa con el paradigma religioso del cristianismo, continua erigiéndose por encima del individuo descartando de tajo otras posibilidades que este pudiese asentir  al momento de considerar o no la continuidad de su vida, en ese sentido, son el Estado y la academia científica otra autoridad que a través de la práctica se opondrá al suicidio.

Otro de los discernimientos al respecto proviene del mundo de la fetichización de las mercancías[8], que tendrá como agravante, la hipocresía con la que se referirá al vínculo existente entre el capitalismo y el suicidio. Caso emblemático el de la compañía Foxconn –que trabajará para empresas como Apple- quien prohibió a su empleados como parte de las cláusulas trabajo el hecho de suicidarse[9], asumiendo posturas fariseas sobre la preocupación que supuestamente generaba en sus directivas la creciente oleada de muertes de sus trabajadores en estas circunstancias. Engañosa postura que busca ocultar las pésimas condiciones laborales a las que son sometidas miles de personas, y que seguramente, influyeron de forma decisiva en la determinación de algunos trabajadores para quitarse la vida.

Lo anterior nos permite evidenciar   que el supuesto desvelo de los capitalistas son lágrimas de cocodrilo, porque su preocupación lejos de ser la vida de sus empleados, reside en la pérdida de mano de obra para acrecentar su capital. En ese sentido, el suicidio aparece como una afrenta a la autoridad de las mercancías quienes en el mundo del capitalismo contemporáneo determinan las relaciones sociales, de lo cual se deduce, que sea de forma consciente o no, el suicidio en algunas oportunidades adquiere connotaciones de resistencia a diversas formas de explotación.

Aunque de forma inmediata quizás no se haga evidente la conexión, el suicidio del  joven Sergio Urrego, de tan sólo 16 años,  aparece a manera de correlato en clave a lo dicho anteriormente. Esto se hace expreso al remitirse a las misivas que dejó Urrego a sus amigos y familiares[10] antes de quitarse la vida o algunas de sus interacciones en la internet[11], en las que, a pesar de los diversos motivos que acompañan la decisión de su suicidio llama la atención que todos ellos giran en torno a las condiciones sociales que le rodean. En particular,  el caso de la presión de la que era objeto en su colegio al hacerse de conocimiento publico sus inclinaciones sexuales y afectivas. Ahora bien, aunque la discriminación no nace con el  capitalismo su persistencia ha tendido a propagarse y ahondarse en la medida que se configura un sistema, que pese a los hipócritas llamados a la diversidad, se cierra normativamente a todo aquello que resulta divergente. Por ello, el suicidio de Sergio Urrego debe ser interpretado como una manifestación de rechazo a los condicionantes de una sociedad que niega de tajo el ejercicio de la autodeterminación.

Después de este breve recorrido en el que se buscó  razonar sobre algunas de las tensiones que se ciñen sobre la práctica del suicidio se hace evidente la necesidad de ahondar en sus elementos analíticos superando las explicaciones cortas y simplistas que le refieren  despectivamente en la cobardía o el desvarío.  El suicidio entonces, constituye un asunto de interés colectivo puesto que más allá de su censura o promoción, nos vincula de múltiples formas y su reconocimiento en la dinámica social es un primer paso en su comprensión, más aún, en un contexto en el que  a partir de la evidencia la relación entre el suicidio y la lucha de clases pareciese indisoluble.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]    Nietzsche,F. Así habló Zaratustra.

[2]    Ver al respecto : http://www.revista.unam.mx/vol.6/num11/art110/art110-3c.htm

[3]    Para ubicar en el debate puede consultarse “Cuando un animal decide dejar de vivir. Suicidio e indefensión aprendida” Disponible en: http://www.eldiario.es/caballodenietzsche/animal-decide-suicidio-indefension-aprendida_6_589051101.html

[4]    Ibid.

[5]    VEGA,Renán. CASTRO,Luz Marina. NÁJERA,Isamel. RODRÍGUEZ,Clara Ines. 12 de Octubre de 1492.¿Descubrimiento o invasión?. Comité Pedagógico de la Campaña Autodescubrimiento. Bogotá.Colombia. (1988). Pp 46-47

[6]    La Biblia. MATEO 10:4.

[7]    Sentencia C-239/97. Ubicado en: http://dmd.org.co/pdf/sentencia-c-239.pdf

[8]    Para profundizar en el concepto remitirse a la obra de Karl Marx “El Kapital”.

[9]    Ver al respecto:  https://www.wayerless.com/2011/05/empleados-fabricantes-de-la-ipad-tienen-prohibido-suicidarse

[10]  A manera de ejemplo: http://caracol.com.co/radio/2015/09/04/judicial/1441344388_890862.html

[11]  Ver al respecto: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14510915

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¿Puede la tristeza ser potencia revolucionaria?

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2

La vida es una fuente inagotable de decepciones, tal vez

porque es una fuente inagotable de esperanzas”1

Los ojos de los marinos son casi siempre unos ojos

muy tranquilos y muy calmados. Tal vez, es el

hábito de las tormentas el que les ha dado

esa serenidad”2

Es bastante recurrente en las discusiones que versan sobre aquello que sería necesario para vivir en un mundo mucho más fraterno y digno escuchar argumentos que aluden a diferentes planos de la vida social como la economía, la política o la cultura, sin embargo, es muy poco lo que se ha dicho sobre el plano emocional que estaría vinculado a un proceso de transformación de tal envergadura. Paralelamente, pareciese existir un acuerdo tácito entre la mayoría de los matices, de izquierda o de derecha, en reconocer en la alegría bien sea como práctica o como fin, un factor indispensable para el cambio social. El acuerdo es aún mayor cuando a la tristeza se refiere, ya que ambas opciones políticas suelen condenarle puesto que desde su perspectiva aparece como un ostracismo que inmoviliza perse cualquier posibilidad de acción.

Precisamente será el carácter absoluto con el que se suele referir a la tristeza el que generará las inquietudes que motivaron a escribir el presente artículo en el cual de entrada anunciamos que partimos de la sospecha que la intromisión del capitalismo en el mundo de las emociones ha logrado por un lado cooptar la alegría para hacerle funcional en el desarrollo mercantil, y por otro, despojar a la tristeza de los alcances revolucionarios que podría llegar a tener si fuese conducida de una manera determinada, tanto una cosa como la otra, serán dos caras de una misma moneda que contribuye al aseguramiento y reproducción de las condiciones de explotación características de la voracidad del sistema capitalista. Para sostener nuestra tesis, acudiremos a breves referencias que giran en torno al mundo del trabajo en la actualidad, y a su vez, también nos apoyaremos en elementos relacionados con el estereotipo de masculinidad imperante.

Lo primero que habría que apuntar en ese sentido es la comprensión del funcionamiento del mundo del trabajo en las sociedades contemporáneas y su relación con la alegría. Así pues, afirmamos que la división internacional del trabajo se expresa en dos modelos aparentemente antagónicos pero que en realidad son sólo la necesidad del capitalismo de ajustarse a determinados niveles de la producción de bienes y servicios según las dinámicas que puja la relación centro-periferia. Los modelos a los que nos referimos son los que han sido denominados como Taylorismo y Toyotismo, cada uno de ellos, funcional a determinados contextos.

Como se sabe, el Taylorismo deviene de su mentor Frederick Taylor quien bajo la expectativa de organizar científicamente el trabajo ideó un modelo en el que buscaba hacer más efectiva la producción para maximizar la ganancia. Para tal fin, el modelo de trabajo proponía organizarle bajo la línea de tres elementos fundamentales a tener cuenta: en primera medida separar a los obreros (y su conocimiento) del proceso de trabajo para ser apropiado por la gerencia, y de esta manera, asegurar el control de estos frente a los primeros. En segundo lugar y en estricta ligazón con el elemento anterior, con el conocimiento que ha sido despojado del obrero y apropiado por su patrón, lo siguiente es sistematizarlo de tal manera que sea él quien siempre puede disponer de su transmisión para que cualquier persona pueda desempeñarlo, y finalmente, el tercer elemento a tener en cuenta será la aplicación de la separación del conocimiento del trabajador y su monopolio por parte del patrón quien podrá entonces diseñar y planificar a su antojo la totalidad del proceso de producción. Con todo ello, lo que se presentó fue la conversión de los trabajadores y sus saberes en meras piezas de engranaje encargadas de desarrollar tareas especializadas tal cual y cómo funcionan las grandes líneas de montaje en las que el control del tiempo y las actividades es fundamental. Por otra parte, el Toyotismo aparece como una expresión de un capitalismo más contemporáneo en el que se busca promover un sistema de gestión “amable” con el trabajador, pero que en realidad, es sólo una careta que sigue reproduciendo la explotación. En efecto, en el Toyotismo se busca proyectar una imagen distinta de los círculos de trabajo tradicionales, para ello, promueve una supuesta mayor independencia e incidencia de los trabajadores mediante escenarios de participación que bajo el esquema de “cultura empresarial” les integra en algunos planos decisorios que en lo absoluto modifican las estructuras verticales de la empresas, y por el contrario, están orientados a fortalecerlas en su ordenamiento vigente, así pues, serán comunes los conocidos círculos de calidad, las “bonificaciones al emprendimiento”, entre otras, que promueven inculcar en el trabajador un sentimiento de “pertenencia” con la empresa de tal manera que esté dispuesto a entregarle lo mejor de sus habilidades y recibir un escueto reconocimiento por ello, en últimas, el Toyotismo aparece como una expresión sutil en apariencia, pero no en su fondo, de la explotación capitalista.

Ahora bien, fácilmente el lector se podría preguntar qué tiene que ver todo esto con las afirmaciones sobre la alegría realizadas en los párrafos anteriores, y no es para menos, ya que en lo enmarañado de las descripciones se ocultaría el papel que juegan las emociones como trataremos de mostrar a continuación. Hace casi dos siglos mientras Marx adelantaba sus teorizaciones respecto a las transformaciones que se daban en el mundo del trabajo jalonadas por el impacto de la revolución industrial se hacía evidente para él que sus implicaciones trascendían del oficio meramente manual para el naciente proletario, en efecto, uno de los aportes más relevantes en la materia planteados por el alemán tiene que ver con su acertada descripción de los nocivos efectos del trabajo asalariado más allá de sus evidentes implicaciones en lo que a la producción se refiere. En otras palabras, Marx identifica que con la alienación del trabajo no sólo se destruyen las formas que hasta el momento habían existido para realizarlo, sino que conjuntamente, se destruye el sujeto y su significación en relación a la obra producida en el acto de trabajar. Para ser precisos, Marx señalará:

¿En qué consiste la alienación del trabajo?. Ante todo, en el hecho de que el trabajo es exterior al obrero, es decir, que no pertenece a su ser; que, en consecuencia, el obrero no se afirma en su trabajo, sino que se niega; no se siente cómodo, sino desventurado; no despliega una libre actividad física e intelectual, sino que martiriza su cuerpo y arruina su espíritu.(…) el carácter exterior del trabajo con respecto del obrero aparece en el hecho de que no es un bien propio de este, sino un bien de otro; que no pertenece al obrero, que en el trabajo el obrero no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a otro.3

Visto de esta manera, el trabajo que emerge con el capitalismo destruye en el obrero su sentido de la existencia frente al acto creativo de producir la obra y hace que pierda su carácter de afirmación del ser que le ejecuta para convertirse en mera actividad que asegura unas condiciones de subsistencia. Con todo ello, nos dirá Marx, el trabajo se convierte en un suplicio del cual se espera salir lo más pronto posible, será característico entonces, que en el obrero se gesten sentimientos de martirio, desazón, frustración, entre otros, en la medida que es absorbido por las condiciones del trabajo alienado. Así pues, conforme con el paso del tiempo y la mundialización de las formas del trabajo asalariado, se harán igualmente extendidos y cada vez más agudos los sentimientos de amargura en el proletariado a lo largo y ancho de la geografía planetaria, sin embargo, el sistema del capitalista no ha sido mero observante de esta situación, y por el contrario, de manera concienzuda y dedicada ha puesto sus esfuerzos en controlar los posibles efectos negativos de su propia naturaleza del tal manera que su reproducción no se vea amenazada.

En correspondencia, no es de extrañar que desde el mismo momento que se comienza a masificar el trabajo asalariado, y con él, las formas de resistencia del naciente proletario vía sabotaje de las máquinas y fábricas acompañado de la vehemencia de no integrarse a estas últimas, se promovió e impuso un discurso desde las elites que condenó con apelativos como holgazanería, vagancia, entre otros, la negativa a trabajar asalariadamente. Este discurso aún vigente hasta nuestros días tiene otros correlatos que le alimentan de manera sutil, por ejemplo, el hecho de justificar una actitud positiva en torno a la productividad, que si se tiene en cuenta la inoperancia de la normativa social patriarcal existente, podría entenderse uno de los varios motivos por los cuales el prototipo de masculinidad agenciado pone de relieve para los hombres -según su puesta naturaleza- actitudes de negación de aquellos elementos sensitivos/sentimentales que no se asocien con la fuerza/fortaleza que les distinguiría. Por tanto, parecería que un discurso revolucionario en la actualidad debería tener en cuenta una concepción de la masculinidad en la que se le aprecie de una forma radicalmente distinta, puesto en sentido literario Octavio Giraldo escribió:

¡Nada más bello que un hombre llorando! Es un testimonio de que es una persona humana, con sentimientos, escapado del macho artificial para ser el hombre real y valioso que sabe tanto de coraje y valor como de amor, ternura y dolor. Hermosa estampa de amante, padre, amigo, ser sensible, dador de ternura, atención, afecto. Valiente confesión de las debilidades reales. Destrucción de fachadas hirsutas y mentirosas.4

Así pues, es posible afirmar que si el capitalismo realiza una promoción de la alegría (en otras ocasiones utiliza a modo de sinonimo el concepto de felicidad) es desde un interes utilitario fijado a partir de la necesidad de reproducirse de una forma mucho más eficaz ya que un trabajador que no se siente motivado en su tarea no tiene el mismo margen de productividad que uno que si lo esté. Para no ir tan lejos, podemos encontrar afirmaciones como “las personas felices incrementan su productividad hasta en 88% en comparación con aquellas que no tienen un estado de ánimo positivo en el centro de trabajo, reveló una investigación de la consultora Crecimiento Sustentable.”5, o, “de acuerdo con el estudio ‘Felicidad y trabajo’, la gente feliz presenta hasta 33% mayor energía y dinamismo, que deriva en mayor eficiencia y productividad en las empresas.” 6, presentes en un articulo del portal mexicano “El Economista” citadas únicamente a manera de ejemplo sobre el ideario que desde el capitalismo es agenciado al respecto7. En esta perspectiva se encuentra un hilo conductor que deja en evidencia los esfuerzos del sistema por encubrir la desazón, y con ella el bajo rendimiento, que produce en el proletariado las condiciones del trabajo alienado, materializados en caudales de productos literarios, cinematográficos, publicitarios, televisivos, entre otros, que tiene su expresión más grotesca en los programas de “autoayuda” y “superación personal” tan de boga en la actualidad.

Después de todo esto, quedan puestas las cartas del capitalismo sobre la mesa en relación a su vocación real de promover trabajadores (por no decir esclavos) contentos y satisfechos en su labor ya que es un imperativo para su explotación eficaz en términos de productividad, sin embargo y a pesar de ello, aún lo dicho no da lumbre sobre cómo la tristeza podría albergar una potencia revolucionaria, cuestión a la que dedicaremos las últimas líneas del presente artículo. En ese sentido lo primero que debemos aclarar es a qué nos referimos cuando hablamos de potencia, así pues, retomamos las reflexiones del filósofo Aristóteles8 quien señalaba que la potencia (o poder) debe ser entendida como posibilidad en relación al cambio. Por tal motivo, la potencia se expresará como oportunidad de la transformación que efectivamente se produce, o también, como la posibilidad de que no lo haga, bien sea en el sujeto u en la intervención que este realiza a su alrededor. Es clave tener en cuenta que para el filósofo griego, la potencia necesariamente requerirá de una condición inexorable para su consecución: encontrarse libre de obstáculos externos que le permitan ser. Es precisamente este elemento el que podría llegar a dotarle de carácter revolucionario.

Interpretamos que algo es revolucionario en la medida que logra trastocar profundamente la raíz de una estructura determinada para darle paso a un nuevo estadio. Dicho ello, afirmamos que la impronta revolucionaria de la tristeza estaría ligada a las condiciones que le son originarias, en otras palabras, lo que decimos es que si la tristeza de las sociedades contemporáneas está ligada a manera de consecuencia directa por la dinámicas de explotación propias del sistema capitalista, en ellas mismas se podría encontrar el germen que permita superarlas. Si el trabajo alienado produce rabia, frustración, y en últimas, la negativa del propio ser, es momento de recuperar nuestras emociones como la potencia de la que habló Aristóteles, es decir, como posibilidad de cambio. Porque rechazamos la intromisión del capitalismo en nuestro mundo sensible, negamos que nuestra tristeza nos petrifique, del mismo modo, que nos negamos a hacer de la alegría un lubricante para el correcto funcionamiento de la estertora maquinaria de la voracidad capitalista. A cambio de ello, reivindicamos que nuestra tristeza y lo que de ella se desprenda, como todo nuestro universo sensitivo, estén en función de humanizar la existencia, y no, de inmovilizarnos en nuestra propia explotación. Reivindicamos entonces que nuestras emociones sean la gasolina de mundos nuevos, que la alegría sea para colorear la fraternidad, y la rabia, tenga su lugar para extinguir en la ferocidad de su fuego las prácticas que desde el capitalismo nos han condenado a una desolación que contraria la ley de vida, que no es otra cosa, que la ley del constante cambio.

Contra el sistema y su alienación: Proletarios frustrados de todo el mundo…..¡atacad!

1VARGAS,Vila. José María. Diario secreto. Arango Editores. Bogotá, Colombia. (1989). p 123.

2Ibid, p 124

3MARX,Karl. Manuscritos de 1844. Tesis económicas, políticas y filosóficas. Ediciones Génesis. Bogotá,Colombia. Pp 106 – 107.

4GIRALDO,Octavio. Los héroes también lloran: por una auténtica masculinidad. Litocencoa. Cali, Colombia. (2003). P 8.

5Trabajadores más felices son 88% más productivos. Disponible en: http://eleconomista.com.mx/finanzas-personales/2012/01/04/trabajadores-felices-son-88-mas-productivos

6Ibid

7Otros relatos similares se encuentran en “El poder de la alegría en el trabajo” Disponible en: http://www.newfield.cl/newsletters-antiguos/alegria-trabajo y “La gente feliz es más productiva” Disponible en: http://www.lagranepoca.com/vida/41651-la-gente-feliz-es-mas-productiva.html

8Presentes en la Metafísica, Libros V y IX.