Capitalismo

Hidroituango: Una tragedia inminente

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hidro

Propiedad nuestra será la tierra, propiedad de gentes,
la que fue de nuestros abuelos, la que dedos de patas que
machacan nos han arrebatado.

Manifiesto en náhuatl de Emiliano Zapata (1918)

 

La noción de conflicto social alude a una diferencia entre grupos sociales relevantes que componen una sociedad. Lewis A. Coser asume el conflicto desde un enfoque sociológico, como una constante lucha por los valores y por el estatus, por el poder y los recursos escasos donde los oponentes desean neutralizar, dañar o eliminar a sus rivales. Siguiendo este precepto, podría decirse que un conflicto entre grupos, pasa a ser un conflicto social cuando se transciende lo individual o grupal, y afecta, la propia estructura social y su funcionamiento. En Colombia, los conflictos de cualquier índole sobreabundan: sociales, económicos, armados, de género, entre otros. A partir de allí, y teniendo en cuenta el abuso de poder, la negligencia por parte del Estado y la manipulación de la información de parte de los medios de comunicación, resulta importante dedicar unas cuantas líneas al conflicto socioeconómico, incluyendo algunos precedentes, que tuvo ahora la hidroeléctrica Ituango para forjar su construcción como el proyecto de generador de energía más ambicioso, “revolucionario” y “único”.

Este proyecto pretendió convertirse en una de las fuentes generadoras de energía más importantes de Latinoamérica y nació hace más de 50 años, pero debido a las múltiples fallas geológicas, humanas y económicas, el proyecto sufrió diversos cambios como su ubicación, la cantidad de energía y la altitud que la presa iba a tener, cuestiones que se fueron definiendo tras varios estudios. De acuerdo a una columna publicada en el periódico virtual El Mundo, el proyecto de Hidroituango, estuvo inicialmente en manos del ingeniero José Tejada Sáez, cuando entre 1960 y 1970 se creó un plan donde se pretendía llevar a cabo la construcción de un par de hidroeléctricas situadas en el Cauca Medio1. Leer el resto de esta entrada »

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VIOLENCIA OBSTÉTRICA: UNA VIOLENCIA SILENCIOSA CONTRA LA MUJERES

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Puede que me arresten, me procesen y me metan en la cárcel, pero nunca me callaré; nunca asentiré o me someteré a la autoridad, nunca haré las paces con un sistema que degrada a la mujer a una mera incubadora y que se ceba con sus inocentes víctimas. Aquí y ahora declaro la guerra a este sistema y no descansaré hasta que sea liberado el camino para una libre maternidad y una saludable, alegre y feliz niñez”.

Emma Goldman(1916)

Este texto está dedicado a todas aquellas mujeres de que alguna u otra manera han sufrido el maltrato de un sistema excluyente, machista, degradante y que en consecuencia, sus vidas han estado marcadas por las huellas de esta violencia que permean hasta hoy sus recuerdos y sus cuerpos. Por todas ellas, por las que vienen, por la libertad de decidir y denunciar, por una maternidad libre y sin prejuicios.

La violencia contra la mujer, es indiscutiblemente uno de los pilares más importantes del sistema capitalista, en términos de socavar sus libertades colectivas e individuales, imponiendo comportamientos, actitudes, prototipos e imaginarios de mujer que sin más, terminan empeorando las relaciones de desigualdad que sustentan al sistema mismo en clara contravía del florecimiento de todas aquellas mentes que se piensan la transformación de su propia realidad a partir de la construcción de nuevas formas de relaciones tanto sociales, como políticas, culturales y económicas. La mujer, históricamente oprimida y víctima de un sinnúmero de agresiones a su integridad física, psicológica, social y económica ha resistido los golpes de una sociedad educada bajo los cimientos del egoísmo, la exclusión, la competencia y la violencia desmedida; de allí, importantes movimientos y asociaciones libres de mujeres que buscaron – y buscan – abatir desde las prácticas cotidianas y la denuncia global del capitalismo y – para quienes aún no son conscientes de ello- del maltrato en todas sus formas contra la mujer que generen su apabullamiento, sumisión y silenciamiento.

Es habitual encontrar a diario en los titulares de noticias referencias de esto: violaciones, asesinatos, golpizas, amenazas, persecuciones, abusos de poder, quemas con ácido, etc., los cuales de alguna u otra forma, con los años han logrado posicionar las denuncias en un lugar mucho más alejado del silenciamiento al que se sometía este ejercicio décadas atrás, ahora es mucho más viable, pero también parece ser, mucho más común el ejercicio de la violencia contra la mujer. Parece ser, que esta ha permeado todos los contextos de la vida: familiar, sentimental, social, laboral, todas con un infinito listado de denuncias, mayoritariamente hasta hoy, impunes.

Sin embargo, existe no como algo nuevo, una práctica que cuenta aún con muy pocas denuncias: La violencia obstétrica, la cual se practica contra todas aquellas que, de alguna u otra forma, independientemente de su contexto, se encuentran en un estado de vulnerabilidad lleno de hermosas transformaciones: el embarazo. Es a partir de este proceso, en el que la mujer empieza a recibir serios vejámenes contra su integridad y la del ser que lleva en su vientre, que, hasta el día de hoy, se han convertido en prácticas que aparte de ser violentas, se han normalizado y silenciado, tal vez por miedo o por ignorancia. Por esto, la importancia de definirla para poder denunciarla.

¿Qué es la violencia obstétrica? – Definirla es reconocerla y denunciarla.

La violencia obstétrica es toda violencia o maltrato que sufre una mujer durante el tiempo de embarazo, parto y puerperio1, por tanto es considerada por la OMS como violencia de género. Este tipo de maltrato es efectuado generalmente por los profesionales de la salud que atienden a la mujer en cada una de estas etapas, pasando tanto por una violencia psicológica atravesada por el señalamiento, burla y cuestionamientos del embarazo de la misma, como por la violencia física a la que haremos referencia más adelante. La violencia obstétrica se evidencia desde el momento en que la mujer deja de ser un sujeto activo en un momento trascendental, crucial de su vida, para ser un objeto al que se interviene y domina las veces y de las formas que crea necesario el personal médico, en relación asimétrica con la mujer, deshumanizando su voluntad, su dignidad, dejándola en un estado de obediencia y subordinación, alejándola de todo poder sobre su cuerpo y desnaturalizando el parto al procurar, por ejemplo, adelantarlo del tiempo natural que este necesita.

La coordinadora General de la Red Latinoamericana y del Caribe por la humanización del parto y del nacimiento, Gilda Vera señala: “El parto es algo que le pertenece a ella. Todo lo que el equipo de salud haga para que no sea absolutamente natural, es violencia. (…) Hacer intervenciones innecesarias, romper la bolsa cuando no se debe, apresurar el parto es violencia obstétrica”2. Este tipo de violencia, se ha naturalizado por el mundo entero, las mujeres creen que este proceder es normal como evidencia indiscutible de la experiencia del profesional médico que la “atiende”, pero, lo cierto es que la carga psicológica que imponen sobre la mujer, en momentos de vulnerabilidad física y emocional es tan fuerte, que muchas veces ella se siente culpable de su propio embarazo, y que por esto, a modo de karma debe sufrir las consecuencias y aguantar cualquier señalamiento y dolor. Es por ello, que la violencia obstétrica ha logrado reinar en los hospitales, en las salas de parto con total impunidad, convirtiéndose en una de las violencias de género más silenciosas en nuestro tiempo.

Se hace necesaria definirla, pues sin esto, será difícil denunciarla. Apenas hace un tiempo algunos países lo han logrado, o han dado, por lo menos, los primeros pasos para hacerlo:

En América Latina luego del Congreso “Humanización del Parto y el Nacimiento”, realizado en Ceará, Brasil en Noviembre del año 2000, se formó la Red Latinoamericana y del Caribe para la Humanización del Parto y el Nacimiento (RELACAUPAN) que agrupa y pone en contacto a redes nacionales, agrupaciones y personas, y “que propone mejorar la vivencia del parto y la forma de nacer”. Esta red es la que ha motorizado que en Mayo se organice, en todos los países de la región, la “Semana Mundial por un Parto Digno y Respetado” (…) Venezuela promulgó la “Ley Orgánica Sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia” (19 de Marzo de 2007), por otra parte, Argentina tiene la Ley de Protección Integral de las Mujeres – Ley 26485 (11 de Marzo de 2009) y diseñó el “Test de Violencia Obstétrica” que identifica estas prácticas rutinarias sobre las mujeres en este país. Posteriormente, México a través del liderazgo de la organización El Parto es Nuestro, se involucra al tema desde el 30 de 20 Abril del 2014. Finalmente, Chile elaboró un proyecto de Ley que penaliza la violencia obstétrica a partir de las investigaciones realizadas por el Observatorio de Violencia Obstétrica”3

Colombia por su parte, apenas está en proceso de definición, para reafirmarla, informar y poder así denunciar. Sin embargo, es importante reconocer y aclarar que la vía legal no debe ser la que marque la ruta para denunciar públicamente este tipo de violencia, debe ser el esfuerzo mancomunado de la sociedad por informarse, reconocerla y por qué no, emprender campañas voz a voz ,para dar a conocer a muchas que este tipo de violencia existe y que debe ser denunciado.

Violencia psicológica, un trato deshumanizado.

Como ya se ha mencionado, la violencia obstétrica ha logrado normalizarse en distintos sectores de la sociedad, debido al comportamiento descontextualizado del cuerpo médico “especializado” en atender los partos evidenciándose en los siguientes comportamientos por parte del mismo: gritos, cuestionamientos, comentarios humillantes, infantilización de la mujer o evasión de las preguntas que ella tiene durante el embarazo, parto y puerperio. En algunos casos, mujeres han sido amarradas a las camas para evitar que sus movimientos cargados de desespero molesten a las demás madres que comparten con ella la sala de partos, por lo mismo les prohíben gritar. Asimismo, distintas actitudes cargadas de odio e indiferencia son prácticas comunes, como la utilización de frases inhumanas que señalan lo siguiente con un frescura desmedida : “Con esto, no vas a querer más hijos” o “Quién te mandó a abrir las piernas”; a su vez, la realización de tactos inescrupulosos por médicos y unos 5, 6, 7, 8 aprendices que ven a la mujer como el objeto que todos pueden tocar para aprender mejor la obstetricia… dejan a la mujer en un grado de inferioridad que tal vez nunca haya tenido que vivir en su vida y que en el momento más especial de la misma ha tenido que hacerlo, lamentablemente.

Una mujer cuenta: “Estamos semidesnudas, en presencia de extraños, muchas veces solas, en espacios que nos son desconocidos y en los que no ejercemos ningún poder, en posición de sumisión total: con las piernas abiertas y levantadas, tumbadas contra la espalda, con los genitales expuestos y está en juego nuestra vida y la de nuestros hijos.”4

Por otro lado, es violenta la forma en la que el/la hija es separada bruscamente de la madre al nacer, sin dejarla vivir ese momento único y maravilloso, en la que los lazos de amor creados desde su barriga buscan materializarse con la necesidad de un primer abrazo. Está comprobado científicamente que esto ayuda a las relaciones de apego y beneficia al bebé en el control de la temperatura y regulación emocional.5 Esto nos lleva a pensar que se hace necesario recordar, por más ridículo que debiera ser, que el nacimiento de un ser y de su madre, requieren todo el respeto del mundo.

Un testimonio cuenta: “Dijo el anestesista ‘Ese es Aner’. Se lo llevaron, lo trajeron vestido y limpio, me dijeron ‘dale un beso’, como si fuera una orden, y se lo llevaron. Estuve tres o cuatro horas en la sala del despertar, no paraba de llorar para que me trajeran al niño, quería darle el pecho. Había cinco pacientes más, una sin útero, yo gritaba que me trajeran al niño. Me decían ‘estás loca’. Vino un celador contando: ‘tranquila, chica, si yo ya he visto a tu niño y es muy bonito.’ ¡Cómo si eso me animara! Todo el mundo lo había visto menos su propia madre.6

A todo esto podemos sumarle que en la mayoría de los casos se les priva a las mujeres de parir junto a su compañero sentimental, padre de su hijo/a o de la persona que ella decida tener a su lado en ese momento, lo cual siembra un desgaste emocional de la madre quien debe no solo resistir el dolor físico de un parto, sino el de saberse sola y sin apoyo.

Violencia física, la mujer como máquina de reproducción.

En el momento del parto, los médicos acuden a la artimaña inhumana de inducir partos por comodidad ya que para ellos, entre más rápido realicen el procedimiento, mejor librados saldrán y con tiempo a su favor, como si la mujer fuese una máquina de reproducir bebés en tiempo récord.

Entre las excusas más mencionadas se encuentran: que la mujer tiene la pelvis muy estrecha, lo que dificultaría un parto natural, o deducciones tales como: “si no dilata rápido, le haremos cesárea”. Se ha naturalizado la cesárea, es como si fuera ‘la otra forma de parir’ cuando en realidad es un recurso médico, que tiene una indicación precisa. A nadie le operan el apéndice por las dudas”, ejemplifica María Pichot, fundadora de la asociación civil Dando a luz.7.

No por capricho la OMS realiza una serie de recomendaciones para los profesionales de la salud y los centros de atención médica, que sorprendentemente rayan con el salvajismo: Por un lado, procurar evitar la maniobra llamada kristeller, que trata de empujar al bebé dentro del vientre para agilizar su nacimiento. Frente a ello, una mujer cuenta: “Me hicieron muchos tactos dolorosos e innecesarios. Una enfermera incluso se sentó sobre mi panza para ver si el bebé bajaba. Al final tuve una cesárea espantosa, me hicieron cualquier cosa. Yo no existía”8. Asimismo, la utilización del instrumento conocido como fórceps9, el cual pone en riesgo a la madre, pero especialmente al bebé cuando este instrumento es utilizado para halarlo desde la cabeza, pudiendo generar daños irreversibles en su cráneo.

De otro lado, evitar la episiotomía, entendida como un corte realizado en la zona perianal para agrandar la apertura de la vagina, practica muy común, especialmente en partos de alto riesgo. Muchas veces esta práctica no es siquiera consultada a la directamente implicada: la madre, a la cual, en situación de vulnerabilidad le practican lo que les parezca más fácil en el momento, sin importar la opinión o posición de ella. De igual forma, el abuso de medicalización sin consulta previa a la madre con el fin de aumentar las contracciones para que estas se produzcan en un lapso de un minuto entre cada una durante aproximadamente 4 horas.

Otra recomendación de la OMS es: no obligar a la madre a parir en posición horizontal o inmovilizada, pues está comprobado que esta posición genera mucho más dolor e incomodidad en la madre y puede resultar también riesgosa para su bebé. Cada mujer debe decidir libre la posición en la que se sienta más cómoda para parir a sus hijos. De esto, se ha construido un saber no-occidentales y des-occidentales a partir de las prácticas de algunas parteras del Pacífico colombiano o indígenas latinoamericanas y doulas10, que más allá de una guía a la hora de concebir un ser, se construye como una convicción política y social de su pueblo. Finalmente, sugiere evitar la maniobra Hamilton, en la que el médico desprende del cuello del útero las membranas que rodean el bebé utilizando las manos o algún otro instrumento con el fin de permitir el desprendimiento que lo mantiene unido al útero.

¿Qué nos queda después de esto?

Sin duda alguna, este artículo es una invitación, un abrebocas para que las personas se motiven investigar con mayor profundidad esta violencia que por lo menos en Colombia, se presenta de manera silenciosa e impune en uno de los momentos más importantes en la vida de una madre. De esta manera, la denuncia como primer paso, urgente y necesaria, que permita o motive a otras madres, mujeres y hombres a denunciarla, así como buscar alternativas para difundirla y generar cuestionamientos de la medicina tradicional que se nos ha impuesto, y así permitirnos pensar que otro tipo de medicina y partos, en este caso, son posibles, que tenemos derecho a decidir libremente si queremos ser madres o no. Si es el caso, a tener una maternidad digna, viva y a la altura del momento, donde la madre, el padre, su hijo/a y su círculo familiar sean partícipes de esta experiencia única. Ejemplos de resistencia y nuevas formas de hacerlo han empezado a vislumbrarse y a reaparecer, como se mencionó con anterioridad con las parteras indígenas y del pacífico, que con un conocimiento popular, saben mucho más de dignidad que los obstetras que tienen una visión machista y egoísta del parto; las doulas por su parte, como apoyo emocional, tan necesario en estos momentos y tan evadido por los centros de salud.

De esta manera, la denuncia deberá ser cada día más efectiva, si abrazamos estas causas como propias y reivindicamos nuestras libertades como mujeres, que piensan, sueñan y transforman, todo por un mundo mejor para vivir.

1 Tiempo después del parto (pos parto), generalmente constituido los 40 siguiente días, conocidos comúnmente como la “dieta”. Momento de especial cuidado para la recuperación exitosa de la madre.

4 ¿Qué es la violencia obstétrica? Algunos aspectos sociales, éticos y jurídicos.[En línea] Francisca Fernández Guillén. Dilemata año 7 (2015), n° 18 , 113-128. ISSN 1989 – 7022.

5 Ibíd.

6 Ibíd.

8 Íbid.

9 Instrumento en forma de pinzas o tenazas que se utiliza en el momento del parto para ayudar a la extracción rápida del bebé, simulando un parto normal.

10 Es una persona capacitada en el parto, que proporciona apoyo emocional, físico y educativo a una madre que está esperando, está experimentando el parto, o ha dado a luz recientemente. El propósito de la doula es ayudar a las mujeres tener una experiencia de parto seguro, memorable, y empoderando.

A mis compañeras y compañeros

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trabajadores

 

Pero -dicen los economistas- los propietarios, los capitalistas, los patrones, están igualmente forzados a buscar y a comprar el trabajo del proletario. Es verdad, están obligados a ello, pero no igualmente. ¡Ah, si hubiese igualdad entre el que demanda y el que ofrece, entre la necesidad de comprar el trabajo y la de venderlo, no existirían la esclavitud y la miseria del proletariado! Pero es que entonces no habría tampoco ni capitalistas ni propietarios, ni proletariado, ni ricos ni pobres; no habría nada más que trabajadores. Los explotadores no son y no pueden ser tales precisamente más que porque esa igualdad no existe. “ -M. Bakunin -El sistema capitalista

El sistema Capitalista en el que vivimos nos ha hecho sentir la constante necesidad de responder con la obligación de acceder a un empleo para contribuir con nuestros gastos – salud, alimentación, vivienda, vestuario y ocio – y los gastos de las que nos rodean, con el fin de sobrevivir e intentar de alguna u otra manera mejorar nuestras condiciones reales de existencia. Esta situación se torna más compleja cuando la necesidad es en mayor medida la que dicta el tipo de trabajo al que puede acceder una persona perteneciente a las clases oprimidas en una economía capitalista, donde impera la explotación de las mismas.

En América Latina las economías se enfocan en la extracción de materia prima, los servicios y el turismo, esto genera una oferta determinada de trabajo para las personas con mano de obra “calificada” y mano de obra simple. Como en todo el mundo, un reducido sector de la población tiene la posibilidad de ocupar aquellos empleos de dirección, administración y explotación, – como dice uno de los viejos barbudos del siglo XX1-, mientras la mayoría de personas se ven forzadas a realizar los trabajos más penosos, con mayor riesgo, esfuerzo y competencia, sumado a esto, la mala remuneración que reciben por ello.

Bajo esta condición podemos comenzar a entender por qué nuestros puestos de trabajos suelen carecer de unos mínimos de seguridad, y más en tiempos de medidas de flexibilización laboral, en donde el patrón tiene el sartén por el mango, y puede disponer de una fuerza de trabajo muy basta que en cualquier momento está dispuesta a emplear para reemplazar a un compañero o compañera que no esté realizando “bien” su labor. No en vano, una de las máximas consignas del capitalismo es que “aquí nadie es indispensable”, si usted no está de acuerdo con las reglas de la empresa y el patrón, detrás suyo habrá quienes estén dispuestos a aceptarlas, debido a la penosa necesidad a la que nos referimos al inicio del texto.

En los sectores más informales de la economía, esto es pan de cada día, supongamos un negocio de comidas rápidas, en donde las labores que allí se ejercen, no requieren de una capacitación exhaustiva, pues gracias a la esencia del modelo Taylorista, lo único que es necesario aprender son 3 o 4 tareas que se deben repetir incesantemente las 8, 10 o 12 horas de trabajo que disponga. Las posibilidades de obtener un trabajo como este son amplias en la medida que cualquier persona podría realizar esta labor, por ello su demanda es muy extensa, lo que da una posición de privilegio al que oferta el trabajo, es decir, al que posee los medios de producción. Siguiendo con lo que se decía hace 200 años:

Concluido a término y reservando al obrero la facultad de dejar a su patrón, no constituye más que una especie de servidumbre voluntaria y pasajera. Si, pasajera y voluntaria solo desde el punto de vista jurídico, pero de ningún modo desde la posibilidad económica. El obrero tiene siempre el derecho de abandonar a su patrón, pero, ¿dispone de los medios?

Y si lo abandona, ¿será para comenzar una existencia libre en la que no tendrá otro patrón más que a sí mismo? No, será para venderse a un nuevo patrón. Será impulsado a ello fatalmente por esa misma hambre, esa libertad del obrero que exaltan tanto los economistas, los juristas y los republicanos burgueses, no es más que una libertad teórica sin ningún medio de realización posible, por consiguiente, una libertad ficticia, una mentira”.

Si consideramos que el patrón tiene la ventaja de tener a su disposición cuando quiera, personas a las cuales puede contratar y siguiendo la lógica capitalista de maximizar las ganancias, esto conlleva necesariamente a que las condiciones de trabajo no sean una prioridad en el negocio, es decir, que los trabajadores no tengan el descanso necesario por la labor que están realizando, o que las máquinas y herramientas con las que ejecutan sus labores no estén en óptimas condiciones, también, es recurrente que los implementos de trabajo muchas veces no son suministrados por la empresa, y por ende, deben ser asumidos por el trabajador, junto con un largo etcétera.

Al encontrarnos en esta situación, las trabajadoras históricamente han buscado organizarse para mejorar las condiciones de vida, puesto que sabemos que no estamos en relación de igualdad frente al patrón, y esto seguramente muchas de nosotras lo han vivido; si una o dos trabajadoras comienzan a exigir por mejoras, estas son tratadas como instigadoras, subversivas, comunistas, revoltosas y un sinfín de palabrerías con la intencionalidad de desprestigiar y desdibujar las justas exigencias de las trabajadoras.

Esto nos ha permitido aprender de las experiencias pasadas en las que la organización nos ha conducido a mejores puertos. Son múltiples ejemplos que se pueden citar para recalcar este punto, como la jornada de 8 horas de trabajo, la celebración de días festivos, cubertura en salud y otros, sin embargo, cabe aclarar que aquellas “victorias” del movimiento obrero de antaño, hoy se quedan cortas para los objetivos, lineamientos y estrategias de las organizaciones sindicales revolucionarias, o bueno, del tipo sindical que le apostaría tomar los medios de producción y construir la revolución social.

Empero, estas victorias arrancadas con sudor y sangre de otras compañeras en épocas atrás, no son hoy en día tenidas en cuenta por el miedo que nos da hablar entre nosotras, o hablar con el patrón. Hemos naturalizado las malas condiciones laborales que hemos experimentado, vemos normal que si nos piden horas extras no las cobremos, si nos enfermamos por culpa del trabajo nos descuenten el día asumiendo como propia la culpa de que nuestros cuerpos no resistan la fatiga. Pareciese que vemos con buenos ojos que despidan a un compañero porque prefiere faltar al trabajo para quedarse en casa cuidando a su hijo enfermo porque no tiene sentido de responsabilidad con el trabajo. Nos educan para agradecer estas condiciones, desde pequeñas nos dicen que el trabajo es una bendición, y debemos conservarlo sin hablar muy alto o inclusive siquiera dirigirle la palabra al jefe. Es verdad, tenemos que ser conscientes que estamos trabajando, y como la situación no es la mejor, no podemos darnos el lujo de quedarnos sin trabajo, pero al mismo tiempo debemos ser conscientes que la relación entre el dueño de la empresa y nosotras no es solo desigual, sino injusta.

La naturalización de esta cotidianidad nos ha hecho también ver enemigas entre las mismas trabajadoras, esta, es una de las grandes victorias del Capitalismo: La división y confrontación en la que nos vemos inmersas, no sólo al momento de conseguir un empleo, sino en el momento de ejecutarlo, donde somos testigos de situaciones lamentables como la competencia entre dos o más trabajadoras por buscar la aprobación de su jefe y así elevar su status con altas probabilidades de convertirse en esquiroles, perdiendo con esto, su dignidad, respeto de sus compañeros y compañeras de trabajo y facilitando las dinámicas de explotación ejercidas por el patrón.

Teniendo en cuenta esto, vale la pena preguntarse: ¿Cómo es posible que personas que vivimos 8 horas bajo las mismas condiciones de explotación nos hagamos la vida imposible porque ella es más alta, él es más callado, o me miro mal o cualquier situación que se genera por estar en una jornada de trabajo estresante? Tenemos que detenernos a pensar por qué nos amargamos la vida nosotras mismas, y de paso, le hacemos el juego al Capitalismo. Es claro que también existen compañeras que deciden deliberadamente seguir este juego, puesto que lo hacen por falta de conciencia de lo que significa ser trabajadora, pero debe ser claro también para nosotras que en las demás relaciones debe aflorar el apoyo mutuo y la solidaridad.

Es cierto que existen toda clase de roles en la dinámica del trabajo, entre los cuales el patrón da algún grado de responsabilidad a una o dos compañeras para que realicen tareas de coordinación o administración. Si estuviésemos en algún momento en esta posición es claro con quién debemos estar y a quién le debemos nuestra solidaridad, puesto que ese cargo por más que tenga responsabilidades no debe ser para convertirse en acolito de los intereses del dueño, por el contrario, debe ser un puesto de conquista para mejorar las condiciones de trabajo de todas las personas que realmente generamos la riqueza social y estamos en condición de explotación.

Por ello, es urgente generar charlas amenas entre las trabajadoras, deberíamos mostrar interés por nuestras familias, por nuestras vidas fuera de los lugares de trabajo, salir a tomar una cerveza o comer un helado, puesto que, si afianzamos las relaciones personales entre nosotras, nos será más fácil el día de mañana hacerle frente a un reclamo por un pago, por un merecido día de descanso, por el derecho a vivir una enfermedad, una indemnización o un despido, y al mismo tiempo, al Capitalismo. Estas estrategias no nacen de un libro escrito por algún barbudo de esos que nos gustan del siglo XIX o XX, esta postura debe partir desde la solidaridad y el apoyo mutuo entre iguales. Seguramente mañana cambiaremos de trabajo y encontraremos una situación similar, pero en el fondo la cuestión radica en ir acumulando y seguir persiguiendo la utopía de un mundo nuevo donde primen las relaciones humanas a las relaciones comerciales. Queda mucho por hacer, ¡Trabajo es lo que hay!.

¿Queréis que los hombres no opriman a otros? Haced que no tengan nunca el poder de oprimirlos. ¿Queréis que respeten la libertad, los derechos, el carácter humano de sus semejantes? Haced que estén forzados a respetarlos: No forzados por la voluntad ni por la acción opresiva de otros hombres, ni por la represión del estado y de las leyes, necesariamente representadas y aplicadas por hombres, los que los harían esclavos a su vez, sino por la organización misma del medio social: organización constituida de modo que aun dejando a cada uno el más entero goce de su libertad no deje a nadie la posibilidad de elevarse por encima de los demás, ni de dominarlos, de otro modo que por la influencia natural de las cualidades intelectuales o morales que poseen, sin que esa influencia pueda imponerse nunca como un derecho ni apoyarse en una institución política cualquiera.”

Suicidio: ¿Cuestión de cobardía?

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Lo más alto ha de alcanzar su altura

partiendo de lo más profundo”

Nietzsche[1]

 

Nota aclaratoria: El presente artículo no debe ser interpretado como una apología al suicidio. Su intención es permitir un espacio de reflexión en el que se discutan algunas perspectivas en aras de aportar a la comprensión de este complejo fenómeno.

 

Polémico y enmarañado; Dos términos ineludibles a la hora de hablar sobre la causales que abrazan el fenómeno del suicidio a pesar de ser una práctica de vieja data dentro de la historia de la humanidad[2]. Dicho ello, cabría preguntarse: ¿por qué hasta nuestros días persiste la negativa a deliberar de forma amplia y concienzuda al respecto?, ¿en qué residen los apelativos desdeñosos   para referirse al suicidio?. Estos y otros interrogantes seguramente no poseen una respuesta única  que solvente la discusión, sin embargo, lo que si podríamos arriesgarnos a afirmar es que las condiciones actuales, es decir las que impone el sistema capitalista, están íntimamente ligadas a la  expresión contemporánea del suicidio.

En clave a este debate proponemos partir de dos presupuestos fundamentales para comprender nuestra línea argumentativa: en primera medida, ubicar el fenómeno del suicidio como una práctica inseparable de las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que rodean a un sujeto, y por tanto, imposible de concebir desde una mirada subjetivista que otorga la totalidad del peso explicativo a los criterios de la voluntad personal. Paralelamente, nuestro segundo presupuesto consiste en señalar que los juicios peyorativos sobre el suicidio recaen en la transgresión que implica esta práctica a lo que denominamos como “la Santísima Trinidad del Paradigma Autoritario de Occidente” compuesto por: el Cristianismo, la Ciencia y las Mercancías.

En efecto, resulta inverosímil tratar de comprender el fenómeno del suicidio al margen de las condiciones sociales que le rodean, al respecto, una idea de ello nos provee el aún controvertido debate sobre el suicidio en los animales[3]. Así pues, las posturas sobre este asunto pueden agruparse en dos grandes grupos: uno que señala que los animales no pueden suicidarse   puesto que  implicaría voluntad y/o decisión de hacerlo, cuestión que, sólo es posible a través de la razón lo cual es una facultad exclusivamente humana, de otra parte, una segunda postura afirma que si bien los animales “no deciden”  en términos humanos quitarse la vida, lo que si es plausible observar es que en algunas oportunidades especies animales desarrollan comportamientos que les llevan a morir en respuesta a un factor externo tal cual y como sucede con las abejas que pican para defenderse y posteriormente mueren, o, los delfines que dejan de respirar al ser confinados en piscinas pequeñas[4]. A partir de lo anterior se hace evidente que aunque no existe un consenso que permita resolver la polémica de forma definitiva en este momento, lo cierto es que el factor de la influencia que ejerce el medio sobre un ser vivo resulta crucial para comprender las causales que le llevan a quitarse la vida  independientemente de que sea un ejercicio “voluntario” o no.

Consecuentemente, la estrecha relación entre la práctica del suicidio y las condiciones del medio no es exclusiva de los animales, también, se hace manifiesta en los seres humanos. Indicativo es el caso de muchas culturas indígenas en América que durante el proceso de colonización perpetrado por los europeos caracterizado por toda clase de vejámenes  recurrirán al suicido colectivo “para impedir que su raza sea humillada y sometida sangrientamente. Es un mecanismo de defensa y autoafirmación de su propia cultura, que indómita y digna resiste las humillaciones y persecuciones”[5]. Este caso que resulta ilustrativo acerca de la influencia del medio social en la práctica del suicidio nos da luces sobre su censura en la historia como haremos referencia a continuación.

Uno de los principales referentes sobre la desaprobación de la práctica del suicidio históricamente ha sido el cristianismo. La razón de ello estriba en el ejercicio de poder conferido a la noción de vida. En efecto, desde el dogma cristiano es la figura de dios quien posee la voluntad y la facultad de otorgar la vida, de allí se desprende que su “materialización” es la manifestación del poder de dios en el mundo terrenal. Y no podría ser de otra manera, ya que el cristianismo al sustentar su entramado filosófico en la autoridad de un ser divino, construye los juicios de valor junto con las prácticas que le son propias a partir  de su voluntad. Véase pues a manera de ejemplo el famoso versículo de la biblia que señala: “Lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe”[6] .Visto desde esta óptica, la persona que decide suicidarse niega a la figura de dios como rectora sobre la vida, y por tanto, la autoridad emplazada en la imagen divina que es al mismo tiempo el sustento del paradigma cristiano. El suicidio saca el concepto de la vida de la noción celestial para situarle en el mundo terrenal, y de paso, al negar la supremacía de dios niega al dogma cristiano en su propia base.

Pero el suicidio no solamente niega la autoridad del canon religioso, también lo hace frente al paradigma de la ciencia occidental, especialmente, en la convergencia de la Medicina con el Derecho. Si bien ambas disciplinas aceptan la interrupción de la vida de una persona, esta práctica sólo es aprobada cuando una persona padece una enfermedad incurable y la autoridad médica así lo avala bajo una serie de parámetros, esto es, lo que comúnmente se conoce como eutanasia. Para el caso colombiano se ha dado una transición al respecto: en primera medida, el código penal en su artículo 326 hablaba de la figura de “Homicidio por piedad” el cual definía como “El que matare a otro por piedad, para poner fin a intensos sentimientos provenientes de la lesión corporal o enfermedad grave o incurable”[7] otorgando una pena que oscilaba entre los 6 meses y los tres años a quien lo practicase. Sin embargo, tendría modificaciones a partir de la sentencia C-236 de 1997, T-970 de 2014 y la Resolución 1216 de 2015, en las que de manera sintética, se acepta la interrupción de la vida de forma asistida con beneplácito de la autoridad médica exonerando de perjuicios penales.

Así pues, aunque esta práctica conciba la muerte voluntaria como una posibilidad, no deja de estar atada a un parámetro de autoridad: en este caso la médica como se señaló anteriormente. Por tanto, el ejercicio voluntario de interrumpir la vida  de una persona queda limitado a las consideraciones de un agente externo, que en el binomio medicina/derecho,  tipifica las condicionales para hacerlo basándose en criterios ligados al orden de lo biológico -enfermedades incurables y/o “estados vegetativos”-. En últimas, noción aunque progresista en comparativa con el paradigma religioso del cristianismo, continua erigiéndose por encima del individuo descartando de tajo otras posibilidades que este pudiese asentir  al momento de considerar o no la continuidad de su vida, en ese sentido, son el Estado y la academia científica otra autoridad que a través de la práctica se opondrá al suicidio.

Otro de los discernimientos al respecto proviene del mundo de la fetichización de las mercancías[8], que tendrá como agravante, la hipocresía con la que se referirá al vínculo existente entre el capitalismo y el suicidio. Caso emblemático el de la compañía Foxconn –que trabajará para empresas como Apple- quien prohibió a su empleados como parte de las cláusulas trabajo el hecho de suicidarse[9], asumiendo posturas fariseas sobre la preocupación que supuestamente generaba en sus directivas la creciente oleada de muertes de sus trabajadores en estas circunstancias. Engañosa postura que busca ocultar las pésimas condiciones laborales a las que son sometidas miles de personas, y que seguramente, influyeron de forma decisiva en la determinación de algunos trabajadores para quitarse la vida.

Lo anterior nos permite evidenciar   que el supuesto desvelo de los capitalistas son lágrimas de cocodrilo, porque su preocupación lejos de ser la vida de sus empleados, reside en la pérdida de mano de obra para acrecentar su capital. En ese sentido, el suicidio aparece como una afrenta a la autoridad de las mercancías quienes en el mundo del capitalismo contemporáneo determinan las relaciones sociales, de lo cual se deduce, que sea de forma consciente o no, el suicidio en algunas oportunidades adquiere connotaciones de resistencia a diversas formas de explotación.

Aunque de forma inmediata quizás no se haga evidente la conexión, el suicidio del  joven Sergio Urrego, de tan sólo 16 años,  aparece a manera de correlato en clave a lo dicho anteriormente. Esto se hace expreso al remitirse a las misivas que dejó Urrego a sus amigos y familiares[10] antes de quitarse la vida o algunas de sus interacciones en la internet[11], en las que, a pesar de los diversos motivos que acompañan la decisión de su suicidio llama la atención que todos ellos giran en torno a las condiciones sociales que le rodean. En particular,  el caso de la presión de la que era objeto en su colegio al hacerse de conocimiento publico sus inclinaciones sexuales y afectivas. Ahora bien, aunque la discriminación no nace con el  capitalismo su persistencia ha tendido a propagarse y ahondarse en la medida que se configura un sistema, que pese a los hipócritas llamados a la diversidad, se cierra normativamente a todo aquello que resulta divergente. Por ello, el suicidio de Sergio Urrego debe ser interpretado como una manifestación de rechazo a los condicionantes de una sociedad que niega de tajo el ejercicio de la autodeterminación.

Después de este breve recorrido en el que se buscó  razonar sobre algunas de las tensiones que se ciñen sobre la práctica del suicidio se hace evidente la necesidad de ahondar en sus elementos analíticos superando las explicaciones cortas y simplistas que le refieren  despectivamente en la cobardía o el desvarío.  El suicidio entonces, constituye un asunto de interés colectivo puesto que más allá de su censura o promoción, nos vincula de múltiples formas y su reconocimiento en la dinámica social es un primer paso en su comprensión, más aún, en un contexto en el que  a partir de la evidencia la relación entre el suicidio y la lucha de clases pareciese indisoluble.

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]    Nietzsche,F. Así habló Zaratustra.

[2]    Ver al respecto : http://www.revista.unam.mx/vol.6/num11/art110/art110-3c.htm

[3]    Para ubicar en el debate puede consultarse “Cuando un animal decide dejar de vivir. Suicidio e indefensión aprendida” Disponible en: http://www.eldiario.es/caballodenietzsche/animal-decide-suicidio-indefension-aprendida_6_589051101.html

[4]    Ibid.

[5]    VEGA,Renán. CASTRO,Luz Marina. NÁJERA,Isamel. RODRÍGUEZ,Clara Ines. 12 de Octubre de 1492.¿Descubrimiento o invasión?. Comité Pedagógico de la Campaña Autodescubrimiento. Bogotá.Colombia. (1988). Pp 46-47

[6]    La Biblia. MATEO 10:4.

[7]    Sentencia C-239/97. Ubicado en: http://dmd.org.co/pdf/sentencia-c-239.pdf

[8]    Para profundizar en el concepto remitirse a la obra de Karl Marx “El Kapital”.

[9]    Ver al respecto:  https://www.wayerless.com/2011/05/empleados-fabricantes-de-la-ipad-tienen-prohibido-suicidarse

[10]  A manera de ejemplo: http://caracol.com.co/radio/2015/09/04/judicial/1441344388_890862.html

[11]  Ver al respecto: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14510915

¿Puede la tristeza ser potencia revolucionaria?

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2

La vida es una fuente inagotable de decepciones, tal vez

porque es una fuente inagotable de esperanzas”1

Los ojos de los marinos son casi siempre unos ojos

muy tranquilos y muy calmados. Tal vez, es el

hábito de las tormentas el que les ha dado

esa serenidad”2

Es bastante recurrente en las discusiones que versan sobre aquello que sería necesario para vivir en un mundo mucho más fraterno y digno escuchar argumentos que aluden a diferentes planos de la vida social como la economía, la política o la cultura, sin embargo, es muy poco lo que se ha dicho sobre el plano emocional que estaría vinculado a un proceso de transformación de tal envergadura. Paralelamente, pareciese existir un acuerdo tácito entre la mayoría de los matices, de izquierda o de derecha, en reconocer en la alegría bien sea como práctica o como fin, un factor indispensable para el cambio social. El acuerdo es aún mayor cuando a la tristeza se refiere, ya que ambas opciones políticas suelen condenarle puesto que desde su perspectiva aparece como un ostracismo que inmoviliza perse cualquier posibilidad de acción.

Precisamente será el carácter absoluto con el que se suele referir a la tristeza el que generará las inquietudes que motivaron a escribir el presente artículo en el cual de entrada anunciamos que partimos de la sospecha que la intromisión del capitalismo en el mundo de las emociones ha logrado por un lado cooptar la alegría para hacerle funcional en el desarrollo mercantil, y por otro, despojar a la tristeza de los alcances revolucionarios que podría llegar a tener si fuese conducida de una manera determinada, tanto una cosa como la otra, serán dos caras de una misma moneda que contribuye al aseguramiento y reproducción de las condiciones de explotación características de la voracidad del sistema capitalista. Para sostener nuestra tesis, acudiremos a breves referencias que giran en torno al mundo del trabajo en la actualidad, y a su vez, también nos apoyaremos en elementos relacionados con el estereotipo de masculinidad imperante.

Lo primero que habría que apuntar en ese sentido es la comprensión del funcionamiento del mundo del trabajo en las sociedades contemporáneas y su relación con la alegría. Así pues, afirmamos que la división internacional del trabajo se expresa en dos modelos aparentemente antagónicos pero que en realidad son sólo la necesidad del capitalismo de ajustarse a determinados niveles de la producción de bienes y servicios según las dinámicas que puja la relación centro-periferia. Los modelos a los que nos referimos son los que han sido denominados como Taylorismo y Toyotismo, cada uno de ellos, funcional a determinados contextos.

Como se sabe, el Taylorismo deviene de su mentor Frederick Taylor quien bajo la expectativa de organizar científicamente el trabajo ideó un modelo en el que buscaba hacer más efectiva la producción para maximizar la ganancia. Para tal fin, el modelo de trabajo proponía organizarle bajo la línea de tres elementos fundamentales a tener cuenta: en primera medida separar a los obreros (y su conocimiento) del proceso de trabajo para ser apropiado por la gerencia, y de esta manera, asegurar el control de estos frente a los primeros. En segundo lugar y en estricta ligazón con el elemento anterior, con el conocimiento que ha sido despojado del obrero y apropiado por su patrón, lo siguiente es sistematizarlo de tal manera que sea él quien siempre puede disponer de su transmisión para que cualquier persona pueda desempeñarlo, y finalmente, el tercer elemento a tener en cuenta será la aplicación de la separación del conocimiento del trabajador y su monopolio por parte del patrón quien podrá entonces diseñar y planificar a su antojo la totalidad del proceso de producción. Con todo ello, lo que se presentó fue la conversión de los trabajadores y sus saberes en meras piezas de engranaje encargadas de desarrollar tareas especializadas tal cual y cómo funcionan las grandes líneas de montaje en las que el control del tiempo y las actividades es fundamental. Por otra parte, el Toyotismo aparece como una expresión de un capitalismo más contemporáneo en el que se busca promover un sistema de gestión “amable” con el trabajador, pero que en realidad, es sólo una careta que sigue reproduciendo la explotación. En efecto, en el Toyotismo se busca proyectar una imagen distinta de los círculos de trabajo tradicionales, para ello, promueve una supuesta mayor independencia e incidencia de los trabajadores mediante escenarios de participación que bajo el esquema de “cultura empresarial” les integra en algunos planos decisorios que en lo absoluto modifican las estructuras verticales de la empresas, y por el contrario, están orientados a fortalecerlas en su ordenamiento vigente, así pues, serán comunes los conocidos círculos de calidad, las “bonificaciones al emprendimiento”, entre otras, que promueven inculcar en el trabajador un sentimiento de “pertenencia” con la empresa de tal manera que esté dispuesto a entregarle lo mejor de sus habilidades y recibir un escueto reconocimiento por ello, en últimas, el Toyotismo aparece como una expresión sutil en apariencia, pero no en su fondo, de la explotación capitalista.

Ahora bien, fácilmente el lector se podría preguntar qué tiene que ver todo esto con las afirmaciones sobre la alegría realizadas en los párrafos anteriores, y no es para menos, ya que en lo enmarañado de las descripciones se ocultaría el papel que juegan las emociones como trataremos de mostrar a continuación. Hace casi dos siglos mientras Marx adelantaba sus teorizaciones respecto a las transformaciones que se daban en el mundo del trabajo jalonadas por el impacto de la revolución industrial se hacía evidente para él que sus implicaciones trascendían del oficio meramente manual para el naciente proletario, en efecto, uno de los aportes más relevantes en la materia planteados por el alemán tiene que ver con su acertada descripción de los nocivos efectos del trabajo asalariado más allá de sus evidentes implicaciones en lo que a la producción se refiere. En otras palabras, Marx identifica que con la alienación del trabajo no sólo se destruyen las formas que hasta el momento habían existido para realizarlo, sino que conjuntamente, se destruye el sujeto y su significación en relación a la obra producida en el acto de trabajar. Para ser precisos, Marx señalará:

¿En qué consiste la alienación del trabajo?. Ante todo, en el hecho de que el trabajo es exterior al obrero, es decir, que no pertenece a su ser; que, en consecuencia, el obrero no se afirma en su trabajo, sino que se niega; no se siente cómodo, sino desventurado; no despliega una libre actividad física e intelectual, sino que martiriza su cuerpo y arruina su espíritu.(…) el carácter exterior del trabajo con respecto del obrero aparece en el hecho de que no es un bien propio de este, sino un bien de otro; que no pertenece al obrero, que en el trabajo el obrero no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a otro.3

Visto de esta manera, el trabajo que emerge con el capitalismo destruye en el obrero su sentido de la existencia frente al acto creativo de producir la obra y hace que pierda su carácter de afirmación del ser que le ejecuta para convertirse en mera actividad que asegura unas condiciones de subsistencia. Con todo ello, nos dirá Marx, el trabajo se convierte en un suplicio del cual se espera salir lo más pronto posible, será característico entonces, que en el obrero se gesten sentimientos de martirio, desazón, frustración, entre otros, en la medida que es absorbido por las condiciones del trabajo alienado. Así pues, conforme con el paso del tiempo y la mundialización de las formas del trabajo asalariado, se harán igualmente extendidos y cada vez más agudos los sentimientos de amargura en el proletariado a lo largo y ancho de la geografía planetaria, sin embargo, el sistema del capitalista no ha sido mero observante de esta situación, y por el contrario, de manera concienzuda y dedicada ha puesto sus esfuerzos en controlar los posibles efectos negativos de su propia naturaleza del tal manera que su reproducción no se vea amenazada.

En correspondencia, no es de extrañar que desde el mismo momento que se comienza a masificar el trabajo asalariado, y con él, las formas de resistencia del naciente proletario vía sabotaje de las máquinas y fábricas acompañado de la vehemencia de no integrarse a estas últimas, se promovió e impuso un discurso desde las elites que condenó con apelativos como holgazanería, vagancia, entre otros, la negativa a trabajar asalariadamente. Este discurso aún vigente hasta nuestros días tiene otros correlatos que le alimentan de manera sutil, por ejemplo, el hecho de justificar una actitud positiva en torno a la productividad, que si se tiene en cuenta la inoperancia de la normativa social patriarcal existente, podría entenderse uno de los varios motivos por los cuales el prototipo de masculinidad agenciado pone de relieve para los hombres -según su puesta naturaleza- actitudes de negación de aquellos elementos sensitivos/sentimentales que no se asocien con la fuerza/fortaleza que les distinguiría. Por tanto, parecería que un discurso revolucionario en la actualidad debería tener en cuenta una concepción de la masculinidad en la que se le aprecie de una forma radicalmente distinta, puesto en sentido literario Octavio Giraldo escribió:

¡Nada más bello que un hombre llorando! Es un testimonio de que es una persona humana, con sentimientos, escapado del macho artificial para ser el hombre real y valioso que sabe tanto de coraje y valor como de amor, ternura y dolor. Hermosa estampa de amante, padre, amigo, ser sensible, dador de ternura, atención, afecto. Valiente confesión de las debilidades reales. Destrucción de fachadas hirsutas y mentirosas.4

Así pues, es posible afirmar que si el capitalismo realiza una promoción de la alegría (en otras ocasiones utiliza a modo de sinonimo el concepto de felicidad) es desde un interes utilitario fijado a partir de la necesidad de reproducirse de una forma mucho más eficaz ya que un trabajador que no se siente motivado en su tarea no tiene el mismo margen de productividad que uno que si lo esté. Para no ir tan lejos, podemos encontrar afirmaciones como “las personas felices incrementan su productividad hasta en 88% en comparación con aquellas que no tienen un estado de ánimo positivo en el centro de trabajo, reveló una investigación de la consultora Crecimiento Sustentable.”5, o, “de acuerdo con el estudio ‘Felicidad y trabajo’, la gente feliz presenta hasta 33% mayor energía y dinamismo, que deriva en mayor eficiencia y productividad en las empresas.” 6, presentes en un articulo del portal mexicano “El Economista” citadas únicamente a manera de ejemplo sobre el ideario que desde el capitalismo es agenciado al respecto7. En esta perspectiva se encuentra un hilo conductor que deja en evidencia los esfuerzos del sistema por encubrir la desazón, y con ella el bajo rendimiento, que produce en el proletariado las condiciones del trabajo alienado, materializados en caudales de productos literarios, cinematográficos, publicitarios, televisivos, entre otros, que tiene su expresión más grotesca en los programas de “autoayuda” y “superación personal” tan de boga en la actualidad.

Después de todo esto, quedan puestas las cartas del capitalismo sobre la mesa en relación a su vocación real de promover trabajadores (por no decir esclavos) contentos y satisfechos en su labor ya que es un imperativo para su explotación eficaz en términos de productividad, sin embargo y a pesar de ello, aún lo dicho no da lumbre sobre cómo la tristeza podría albergar una potencia revolucionaria, cuestión a la que dedicaremos las últimas líneas del presente artículo. En ese sentido lo primero que debemos aclarar es a qué nos referimos cuando hablamos de potencia, así pues, retomamos las reflexiones del filósofo Aristóteles8 quien señalaba que la potencia (o poder) debe ser entendida como posibilidad en relación al cambio. Por tal motivo, la potencia se expresará como oportunidad de la transformación que efectivamente se produce, o también, como la posibilidad de que no lo haga, bien sea en el sujeto u en la intervención que este realiza a su alrededor. Es clave tener en cuenta que para el filósofo griego, la potencia necesariamente requerirá de una condición inexorable para su consecución: encontrarse libre de obstáculos externos que le permitan ser. Es precisamente este elemento el que podría llegar a dotarle de carácter revolucionario.

Interpretamos que algo es revolucionario en la medida que logra trastocar profundamente la raíz de una estructura determinada para darle paso a un nuevo estadio. Dicho ello, afirmamos que la impronta revolucionaria de la tristeza estaría ligada a las condiciones que le son originarias, en otras palabras, lo que decimos es que si la tristeza de las sociedades contemporáneas está ligada a manera de consecuencia directa por la dinámicas de explotación propias del sistema capitalista, en ellas mismas se podría encontrar el germen que permita superarlas. Si el trabajo alienado produce rabia, frustración, y en últimas, la negativa del propio ser, es momento de recuperar nuestras emociones como la potencia de la que habló Aristóteles, es decir, como posibilidad de cambio. Porque rechazamos la intromisión del capitalismo en nuestro mundo sensible, negamos que nuestra tristeza nos petrifique, del mismo modo, que nos negamos a hacer de la alegría un lubricante para el correcto funcionamiento de la estertora maquinaria de la voracidad capitalista. A cambio de ello, reivindicamos que nuestra tristeza y lo que de ella se desprenda, como todo nuestro universo sensitivo, estén en función de humanizar la existencia, y no, de inmovilizarnos en nuestra propia explotación. Reivindicamos entonces que nuestras emociones sean la gasolina de mundos nuevos, que la alegría sea para colorear la fraternidad, y la rabia, tenga su lugar para extinguir en la ferocidad de su fuego las prácticas que desde el capitalismo nos han condenado a una desolación que contraria la ley de vida, que no es otra cosa, que la ley del constante cambio.

Contra el sistema y su alienación: Proletarios frustrados de todo el mundo…..¡atacad!

1VARGAS,Vila. José María. Diario secreto. Arango Editores. Bogotá, Colombia. (1989). p 123.

2Ibid, p 124

3MARX,Karl. Manuscritos de 1844. Tesis económicas, políticas y filosóficas. Ediciones Génesis. Bogotá,Colombia. Pp 106 – 107.

4GIRALDO,Octavio. Los héroes también lloran: por una auténtica masculinidad. Litocencoa. Cali, Colombia. (2003). P 8.

5Trabajadores más felices son 88% más productivos. Disponible en: http://eleconomista.com.mx/finanzas-personales/2012/01/04/trabajadores-felices-son-88-mas-productivos

6Ibid

7Otros relatos similares se encuentran en “El poder de la alegría en el trabajo” Disponible en: http://www.newfield.cl/newsletters-antiguos/alegria-trabajo y “La gente feliz es más productiva” Disponible en: http://www.lagranepoca.com/vida/41651-la-gente-feliz-es-mas-productiva.html

8Presentes en la Metafísica, Libros V y IX.