Carcel

Eso del derecho penal como la antípoda del perdón y la tolerancia

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PAZ, quimera de la humanidad inhumana,
cóndor de un Perijá palpitante,
de una Macarena inundada de desasosiego,
rio grande de la Magdalena, serranía de los Cobardes,
desierto de La Candelaria aconsejar
al carroñero que viste de frac,
al gavilán que troca balas por sonrisas.
Ay de la vida sin la paz,
paz de naturaleza,
paz de indígenas y campesinos,
paz de negritudes y mulatadas,
paz de todos, paz de no bandera,
bandera solo de paz;
Lamparones inútiles,
promesas de fastuosos pingüinos,
ajenos al no yantar de un pueblo,
clámides taponando ideologías marchitas,
ideologías pírricas que fomentan el odio entre las flores.
Maldad que se disfraza de carcajada y oropel,
zascandiles y fatuos por doquier.
Vomitemos verdades,
dar la mano sin protestar.

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Ese clamor generalizado, tal vez inconsciente por robustecer las penas parece responder al desarrollo de un enfrentamiento contra lo que conocemos como delito. Es probable que esa ira histórica que hemos guardado por más de 500 años haya empezado, de manera atávica a surgir disfrazada de violencia, esta ferocidad, no es secreto para nadie se ejecuta en dos rostros, uno, que busca atacar de frente el fenómeno de la delincuencia por medio de las denominadas vías de hecho y el otro, depositando la confianza en un estado fallido para que nos obsequie quimeras de seguridad envueltas en delitos y penas, es decir derecho penal.

La situación tiene un trasfondo supremamente complicado cuando uno se sienta a analizar la problemática desde una óptica cultural sociológica y antropológica; aunque de alguna manera, compartimos algunas costumbres, un territorio, ciertos rasgos genéticos determinados, lo seguro que es que no compartimos una identidad histórico cultural, no quiere significar esto que sea imperativo una masificación ideología o un adoctrinamiento, sino la creación o fortalecimiento de lazos de solidaridad que denoten efectivamente la alteridad, concepto necesario para forjar una colectividad fuerte.

Desgraciadamente, esa fratria que trata Freud en su texto Tótem y Tabú, está encontrando ahora días, peana en el odio y la violencia. Cuando Freud empieza su estudio antropológico con algunas comunidades de Oceanía, África y América, se da cuenta que los vínculos entre los miembros de la comunidad tienen soporte, no en los lazos sanguíneos, sino en ligaduras de solidaridad, división justa del trabajo y por supuesto en una creencia generalizada, el miedo al tótem, el respeto a ese tótem y a sus mandamientos, traspolando a hoy esa idea de las comunidades totémicas, lo único que ahora une a las personas que habitan esta tierra denominada Colombia, es ese odio casi atávico que surge en forma de violencia y revancha.

Cuando la colectividad es capaz de compartir en igual forma la victoria y la derrota histórica, hay una fuerte ligazón que posibilita la acción de cambio colectiva, pero cuando estos nexos son inexistentes, la colectividad se puede crear entorno a la violencia despiadada, no por la cantidad de sangre o viseras que sea capaz de proporcionar, sino por la deshumanización de la sociedad actual.

Cuando nos escupen en la cara la idea de que la disminución de la criminalidad no tiene nada que ver con las necesidades sociales ni con el raigambre social, surge como adalid de cambio y protección la figura del derecho penal, a más cantidad de letra muerta que establezca delitos mayor sensación de seguridad y claro, cuanto más duras las penas, esta quimera de tranquilidad crece inmediatamente.

A la par de este crecimiento, va empequeñeciendo nuestra tolerancia y esa poca de alteridad que aún se conserva y que nos permite ponernos en la posición de otro, brindándole una nueva oportunidad tras un yerro.

Nuestros niveles de comprensión frente a las conductas de las demás personas y con las actividades del estado cada vez son más bajos y por un curioso así como antitético decurso nos decantamos por el derecho penal para que solucione todos los problemas de la sociedad.

Pensar que la impunidad genera una herida hondísima en las personas es demostrar que no estamos en la capacidad de aprehender la realidad social, económica, política y cultural que ha golpeado a la población por tantos años, sino que, en términos Freudianos,  es menester unirnos en torno al odio y al castigo para gozar de una colectividad fuerte, esto, claramente no se materializa de manera consciente, todas estas actuaciones surgen de esa ignorancia colectivizada que propende por la creación de las cárceles y escuelas con la idea del escarmiento y la retribución.

La paz como bandera de las sociedades libres ha sido cambiada por una bandera policromatica que ve como su fundamento errado e individualista le prende llamas a los últimos ápices de humanidad que tiene la persona humana.

La inyección de antivalores que del derecho penal como mecanismo de control y opresión social embebe la multitud, es tan grande y tan poderoso que leyendo escuetamente las codificaciones penales, bastaría, para darse cuenta que la protección que brinda el derecho sancionador es posterior a la consumación de un hecho, es decir, es una herramienta que llega tarde, que arriba cuando ha pasado la necesidad de ayuda y que busca perpetuar construcciones burguesas y patriarcales, en otros términos: el statu quo.

Todo el fragor que se entreteje con derecho penal no es más que una reta a nuestras posibilidades de acción y pensamiento, mientras más criminalizadas estén las conductas más odio crecerá en nosotros y el perdón como la comprensión serán no más efigies de cuentos y poemas.

La situación es compleja si se analiza desde la perspectiva académica critica, la sociedad sigue clamando por sanciones y cárcel mientras seguimos muriéndonos de hambre, mientras las manías y filias continúan expandiéndose; este círculo vicioso saldrá airoso siempre, el control político que se construye por medio del derecho penal es tan grande y poderoso que examinando, sin ser concienzudos, la vida del mundo se rige por los delitos que se cree está cometiendo alguien, por lo que podría cometer, por los que cometió o por los que debería cometer, la humanidad dejo la esperanza a un lado y le sustituye por el castigo.

Por: David Torres