Trabajo

A mis compañeras y compañeros

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Pero -dicen los economistas- los propietarios, los capitalistas, los patrones, están igualmente forzados a buscar y a comprar el trabajo del proletario. Es verdad, están obligados a ello, pero no igualmente. ¡Ah, si hubiese igualdad entre el que demanda y el que ofrece, entre la necesidad de comprar el trabajo y la de venderlo, no existirían la esclavitud y la miseria del proletariado! Pero es que entonces no habría tampoco ni capitalistas ni propietarios, ni proletariado, ni ricos ni pobres; no habría nada más que trabajadores. Los explotadores no son y no pueden ser tales precisamente más que porque esa igualdad no existe. “ -M. Bakunin -El sistema capitalista

El sistema Capitalista en el que vivimos nos ha hecho sentir la constante necesidad de responder con la obligación de acceder a un empleo para contribuir con nuestros gastos – salud, alimentación, vivienda, vestuario y ocio – y los gastos de las que nos rodean, con el fin de sobrevivir e intentar de alguna u otra manera mejorar nuestras condiciones reales de existencia. Esta situación se torna más compleja cuando la necesidad es en mayor medida la que dicta el tipo de trabajo al que puede acceder una persona perteneciente a las clases oprimidas en una economía capitalista, donde impera la explotación de las mismas.

En América Latina las economías se enfocan en la extracción de materia prima, los servicios y el turismo, esto genera una oferta determinada de trabajo para las personas con mano de obra “calificada” y mano de obra simple. Como en todo el mundo, un reducido sector de la población tiene la posibilidad de ocupar aquellos empleos de dirección, administración y explotación, – como dice uno de los viejos barbudos del siglo XX1-, mientras la mayoría de personas se ven forzadas a realizar los trabajos más penosos, con mayor riesgo, esfuerzo y competencia, sumado a esto, la mala remuneración que reciben por ello.

Bajo esta condición podemos comenzar a entender por qué nuestros puestos de trabajos suelen carecer de unos mínimos de seguridad, y más en tiempos de medidas de flexibilización laboral, en donde el patrón tiene el sartén por el mango, y puede disponer de una fuerza de trabajo muy basta que en cualquier momento está dispuesta a emplear para reemplazar a un compañero o compañera que no esté realizando “bien” su labor. No en vano, una de las máximas consignas del capitalismo es que “aquí nadie es indispensable”, si usted no está de acuerdo con las reglas de la empresa y el patrón, detrás suyo habrá quienes estén dispuestos a aceptarlas, debido a la penosa necesidad a la que nos referimos al inicio del texto.

En los sectores más informales de la economía, esto es pan de cada día, supongamos un negocio de comidas rápidas, en donde las labores que allí se ejercen, no requieren de una capacitación exhaustiva, pues gracias a la esencia del modelo Taylorista, lo único que es necesario aprender son 3 o 4 tareas que se deben repetir incesantemente las 8, 10 o 12 horas de trabajo que disponga. Las posibilidades de obtener un trabajo como este son amplias en la medida que cualquier persona podría realizar esta labor, por ello su demanda es muy extensa, lo que da una posición de privilegio al que oferta el trabajo, es decir, al que posee los medios de producción. Siguiendo con lo que se decía hace 200 años:

Concluido a término y reservando al obrero la facultad de dejar a su patrón, no constituye más que una especie de servidumbre voluntaria y pasajera. Si, pasajera y voluntaria solo desde el punto de vista jurídico, pero de ningún modo desde la posibilidad económica. El obrero tiene siempre el derecho de abandonar a su patrón, pero, ¿dispone de los medios?

Y si lo abandona, ¿será para comenzar una existencia libre en la que no tendrá otro patrón más que a sí mismo? No, será para venderse a un nuevo patrón. Será impulsado a ello fatalmente por esa misma hambre, esa libertad del obrero que exaltan tanto los economistas, los juristas y los republicanos burgueses, no es más que una libertad teórica sin ningún medio de realización posible, por consiguiente, una libertad ficticia, una mentira”.

Si consideramos que el patrón tiene la ventaja de tener a su disposición cuando quiera, personas a las cuales puede contratar y siguiendo la lógica capitalista de maximizar las ganancias, esto conlleva necesariamente a que las condiciones de trabajo no sean una prioridad en el negocio, es decir, que los trabajadores no tengan el descanso necesario por la labor que están realizando, o que las máquinas y herramientas con las que ejecutan sus labores no estén en óptimas condiciones, también, es recurrente que los implementos de trabajo muchas veces no son suministrados por la empresa, y por ende, deben ser asumidos por el trabajador, junto con un largo etcétera.

Al encontrarnos en esta situación, las trabajadoras históricamente han buscado organizarse para mejorar las condiciones de vida, puesto que sabemos que no estamos en relación de igualdad frente al patrón, y esto seguramente muchas de nosotras lo han vivido; si una o dos trabajadoras comienzan a exigir por mejoras, estas son tratadas como instigadoras, subversivas, comunistas, revoltosas y un sinfín de palabrerías con la intencionalidad de desprestigiar y desdibujar las justas exigencias de las trabajadoras.

Esto nos ha permitido aprender de las experiencias pasadas en las que la organización nos ha conducido a mejores puertos. Son múltiples ejemplos que se pueden citar para recalcar este punto, como la jornada de 8 horas de trabajo, la celebración de días festivos, cubertura en salud y otros, sin embargo, cabe aclarar que aquellas “victorias” del movimiento obrero de antaño, hoy se quedan cortas para los objetivos, lineamientos y estrategias de las organizaciones sindicales revolucionarias, o bueno, del tipo sindical que le apostaría tomar los medios de producción y construir la revolución social.

Empero, estas victorias arrancadas con sudor y sangre de otras compañeras en épocas atrás, no son hoy en día tenidas en cuenta por el miedo que nos da hablar entre nosotras, o hablar con el patrón. Hemos naturalizado las malas condiciones laborales que hemos experimentado, vemos normal que si nos piden horas extras no las cobremos, si nos enfermamos por culpa del trabajo nos descuenten el día asumiendo como propia la culpa de que nuestros cuerpos no resistan la fatiga. Pareciese que vemos con buenos ojos que despidan a un compañero porque prefiere faltar al trabajo para quedarse en casa cuidando a su hijo enfermo porque no tiene sentido de responsabilidad con el trabajo. Nos educan para agradecer estas condiciones, desde pequeñas nos dicen que el trabajo es una bendición, y debemos conservarlo sin hablar muy alto o inclusive siquiera dirigirle la palabra al jefe. Es verdad, tenemos que ser conscientes que estamos trabajando, y como la situación no es la mejor, no podemos darnos el lujo de quedarnos sin trabajo, pero al mismo tiempo debemos ser conscientes que la relación entre el dueño de la empresa y nosotras no es solo desigual, sino injusta.

La naturalización de esta cotidianidad nos ha hecho también ver enemigas entre las mismas trabajadoras, esta, es una de las grandes victorias del Capitalismo: La división y confrontación en la que nos vemos inmersas, no sólo al momento de conseguir un empleo, sino en el momento de ejecutarlo, donde somos testigos de situaciones lamentables como la competencia entre dos o más trabajadoras por buscar la aprobación de su jefe y así elevar su status con altas probabilidades de convertirse en esquiroles, perdiendo con esto, su dignidad, respeto de sus compañeros y compañeras de trabajo y facilitando las dinámicas de explotación ejercidas por el patrón.

Teniendo en cuenta esto, vale la pena preguntarse: ¿Cómo es posible que personas que vivimos 8 horas bajo las mismas condiciones de explotación nos hagamos la vida imposible porque ella es más alta, él es más callado, o me miro mal o cualquier situación que se genera por estar en una jornada de trabajo estresante? Tenemos que detenernos a pensar por qué nos amargamos la vida nosotras mismas, y de paso, le hacemos el juego al Capitalismo. Es claro que también existen compañeras que deciden deliberadamente seguir este juego, puesto que lo hacen por falta de conciencia de lo que significa ser trabajadora, pero debe ser claro también para nosotras que en las demás relaciones debe aflorar el apoyo mutuo y la solidaridad.

Es cierto que existen toda clase de roles en la dinámica del trabajo, entre los cuales el patrón da algún grado de responsabilidad a una o dos compañeras para que realicen tareas de coordinación o administración. Si estuviésemos en algún momento en esta posición es claro con quién debemos estar y a quién le debemos nuestra solidaridad, puesto que ese cargo por más que tenga responsabilidades no debe ser para convertirse en acolito de los intereses del dueño, por el contrario, debe ser un puesto de conquista para mejorar las condiciones de trabajo de todas las personas que realmente generamos la riqueza social y estamos en condición de explotación.

Por ello, es urgente generar charlas amenas entre las trabajadoras, deberíamos mostrar interés por nuestras familias, por nuestras vidas fuera de los lugares de trabajo, salir a tomar una cerveza o comer un helado, puesto que, si afianzamos las relaciones personales entre nosotras, nos será más fácil el día de mañana hacerle frente a un reclamo por un pago, por un merecido día de descanso, por el derecho a vivir una enfermedad, una indemnización o un despido, y al mismo tiempo, al Capitalismo. Estas estrategias no nacen de un libro escrito por algún barbudo de esos que nos gustan del siglo XIX o XX, esta postura debe partir desde la solidaridad y el apoyo mutuo entre iguales. Seguramente mañana cambiaremos de trabajo y encontraremos una situación similar, pero en el fondo la cuestión radica en ir acumulando y seguir persiguiendo la utopía de un mundo nuevo donde primen las relaciones humanas a las relaciones comerciales. Queda mucho por hacer, ¡Trabajo es lo que hay!.

¿Queréis que los hombres no opriman a otros? Haced que no tengan nunca el poder de oprimirlos. ¿Queréis que respeten la libertad, los derechos, el carácter humano de sus semejantes? Haced que estén forzados a respetarlos: No forzados por la voluntad ni por la acción opresiva de otros hombres, ni por la represión del estado y de las leyes, necesariamente representadas y aplicadas por hombres, los que los harían esclavos a su vez, sino por la organización misma del medio social: organización constituida de modo que aun dejando a cada uno el más entero goce de su libertad no deje a nadie la posibilidad de elevarse por encima de los demás, ni de dominarlos, de otro modo que por la influencia natural de las cualidades intelectuales o morales que poseen, sin que esa influencia pueda imponerse nunca como un derecho ni apoyarse en una institución política cualquiera.”

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¿Puede la tristeza ser potencia revolucionaria?

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La vida es una fuente inagotable de decepciones, tal vez

porque es una fuente inagotable de esperanzas”1

Los ojos de los marinos son casi siempre unos ojos

muy tranquilos y muy calmados. Tal vez, es el

hábito de las tormentas el que les ha dado

esa serenidad”2

Es bastante recurrente en las discusiones que versan sobre aquello que sería necesario para vivir en un mundo mucho más fraterno y digno escuchar argumentos que aluden a diferentes planos de la vida social como la economía, la política o la cultura, sin embargo, es muy poco lo que se ha dicho sobre el plano emocional que estaría vinculado a un proceso de transformación de tal envergadura. Paralelamente, pareciese existir un acuerdo tácito entre la mayoría de los matices, de izquierda o de derecha, en reconocer en la alegría bien sea como práctica o como fin, un factor indispensable para el cambio social. El acuerdo es aún mayor cuando a la tristeza se refiere, ya que ambas opciones políticas suelen condenarle puesto que desde su perspectiva aparece como un ostracismo que inmoviliza perse cualquier posibilidad de acción.

Precisamente será el carácter absoluto con el que se suele referir a la tristeza el que generará las inquietudes que motivaron a escribir el presente artículo en el cual de entrada anunciamos que partimos de la sospecha que la intromisión del capitalismo en el mundo de las emociones ha logrado por un lado cooptar la alegría para hacerle funcional en el desarrollo mercantil, y por otro, despojar a la tristeza de los alcances revolucionarios que podría llegar a tener si fuese conducida de una manera determinada, tanto una cosa como la otra, serán dos caras de una misma moneda que contribuye al aseguramiento y reproducción de las condiciones de explotación características de la voracidad del sistema capitalista. Para sostener nuestra tesis, acudiremos a breves referencias que giran en torno al mundo del trabajo en la actualidad, y a su vez, también nos apoyaremos en elementos relacionados con el estereotipo de masculinidad imperante.

Lo primero que habría que apuntar en ese sentido es la comprensión del funcionamiento del mundo del trabajo en las sociedades contemporáneas y su relación con la alegría. Así pues, afirmamos que la división internacional del trabajo se expresa en dos modelos aparentemente antagónicos pero que en realidad son sólo la necesidad del capitalismo de ajustarse a determinados niveles de la producción de bienes y servicios según las dinámicas que puja la relación centro-periferia. Los modelos a los que nos referimos son los que han sido denominados como Taylorismo y Toyotismo, cada uno de ellos, funcional a determinados contextos.

Como se sabe, el Taylorismo deviene de su mentor Frederick Taylor quien bajo la expectativa de organizar científicamente el trabajo ideó un modelo en el que buscaba hacer más efectiva la producción para maximizar la ganancia. Para tal fin, el modelo de trabajo proponía organizarle bajo la línea de tres elementos fundamentales a tener cuenta: en primera medida separar a los obreros (y su conocimiento) del proceso de trabajo para ser apropiado por la gerencia, y de esta manera, asegurar el control de estos frente a los primeros. En segundo lugar y en estricta ligazón con el elemento anterior, con el conocimiento que ha sido despojado del obrero y apropiado por su patrón, lo siguiente es sistematizarlo de tal manera que sea él quien siempre puede disponer de su transmisión para que cualquier persona pueda desempeñarlo, y finalmente, el tercer elemento a tener en cuenta será la aplicación de la separación del conocimiento del trabajador y su monopolio por parte del patrón quien podrá entonces diseñar y planificar a su antojo la totalidad del proceso de producción. Con todo ello, lo que se presentó fue la conversión de los trabajadores y sus saberes en meras piezas de engranaje encargadas de desarrollar tareas especializadas tal cual y cómo funcionan las grandes líneas de montaje en las que el control del tiempo y las actividades es fundamental. Por otra parte, el Toyotismo aparece como una expresión de un capitalismo más contemporáneo en el que se busca promover un sistema de gestión “amable” con el trabajador, pero que en realidad, es sólo una careta que sigue reproduciendo la explotación. En efecto, en el Toyotismo se busca proyectar una imagen distinta de los círculos de trabajo tradicionales, para ello, promueve una supuesta mayor independencia e incidencia de los trabajadores mediante escenarios de participación que bajo el esquema de “cultura empresarial” les integra en algunos planos decisorios que en lo absoluto modifican las estructuras verticales de la empresas, y por el contrario, están orientados a fortalecerlas en su ordenamiento vigente, así pues, serán comunes los conocidos círculos de calidad, las “bonificaciones al emprendimiento”, entre otras, que promueven inculcar en el trabajador un sentimiento de “pertenencia” con la empresa de tal manera que esté dispuesto a entregarle lo mejor de sus habilidades y recibir un escueto reconocimiento por ello, en últimas, el Toyotismo aparece como una expresión sutil en apariencia, pero no en su fondo, de la explotación capitalista.

Ahora bien, fácilmente el lector se podría preguntar qué tiene que ver todo esto con las afirmaciones sobre la alegría realizadas en los párrafos anteriores, y no es para menos, ya que en lo enmarañado de las descripciones se ocultaría el papel que juegan las emociones como trataremos de mostrar a continuación. Hace casi dos siglos mientras Marx adelantaba sus teorizaciones respecto a las transformaciones que se daban en el mundo del trabajo jalonadas por el impacto de la revolución industrial se hacía evidente para él que sus implicaciones trascendían del oficio meramente manual para el naciente proletario, en efecto, uno de los aportes más relevantes en la materia planteados por el alemán tiene que ver con su acertada descripción de los nocivos efectos del trabajo asalariado más allá de sus evidentes implicaciones en lo que a la producción se refiere. En otras palabras, Marx identifica que con la alienación del trabajo no sólo se destruyen las formas que hasta el momento habían existido para realizarlo, sino que conjuntamente, se destruye el sujeto y su significación en relación a la obra producida en el acto de trabajar. Para ser precisos, Marx señalará:

¿En qué consiste la alienación del trabajo?. Ante todo, en el hecho de que el trabajo es exterior al obrero, es decir, que no pertenece a su ser; que, en consecuencia, el obrero no se afirma en su trabajo, sino que se niega; no se siente cómodo, sino desventurado; no despliega una libre actividad física e intelectual, sino que martiriza su cuerpo y arruina su espíritu.(…) el carácter exterior del trabajo con respecto del obrero aparece en el hecho de que no es un bien propio de este, sino un bien de otro; que no pertenece al obrero, que en el trabajo el obrero no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a otro.3

Visto de esta manera, el trabajo que emerge con el capitalismo destruye en el obrero su sentido de la existencia frente al acto creativo de producir la obra y hace que pierda su carácter de afirmación del ser que le ejecuta para convertirse en mera actividad que asegura unas condiciones de subsistencia. Con todo ello, nos dirá Marx, el trabajo se convierte en un suplicio del cual se espera salir lo más pronto posible, será característico entonces, que en el obrero se gesten sentimientos de martirio, desazón, frustración, entre otros, en la medida que es absorbido por las condiciones del trabajo alienado. Así pues, conforme con el paso del tiempo y la mundialización de las formas del trabajo asalariado, se harán igualmente extendidos y cada vez más agudos los sentimientos de amargura en el proletariado a lo largo y ancho de la geografía planetaria, sin embargo, el sistema del capitalista no ha sido mero observante de esta situación, y por el contrario, de manera concienzuda y dedicada ha puesto sus esfuerzos en controlar los posibles efectos negativos de su propia naturaleza del tal manera que su reproducción no se vea amenazada.

En correspondencia, no es de extrañar que desde el mismo momento que se comienza a masificar el trabajo asalariado, y con él, las formas de resistencia del naciente proletario vía sabotaje de las máquinas y fábricas acompañado de la vehemencia de no integrarse a estas últimas, se promovió e impuso un discurso desde las elites que condenó con apelativos como holgazanería, vagancia, entre otros, la negativa a trabajar asalariadamente. Este discurso aún vigente hasta nuestros días tiene otros correlatos que le alimentan de manera sutil, por ejemplo, el hecho de justificar una actitud positiva en torno a la productividad, que si se tiene en cuenta la inoperancia de la normativa social patriarcal existente, podría entenderse uno de los varios motivos por los cuales el prototipo de masculinidad agenciado pone de relieve para los hombres -según su puesta naturaleza- actitudes de negación de aquellos elementos sensitivos/sentimentales que no se asocien con la fuerza/fortaleza que les distinguiría. Por tanto, parecería que un discurso revolucionario en la actualidad debería tener en cuenta una concepción de la masculinidad en la que se le aprecie de una forma radicalmente distinta, puesto en sentido literario Octavio Giraldo escribió:

¡Nada más bello que un hombre llorando! Es un testimonio de que es una persona humana, con sentimientos, escapado del macho artificial para ser el hombre real y valioso que sabe tanto de coraje y valor como de amor, ternura y dolor. Hermosa estampa de amante, padre, amigo, ser sensible, dador de ternura, atención, afecto. Valiente confesión de las debilidades reales. Destrucción de fachadas hirsutas y mentirosas.4

Así pues, es posible afirmar que si el capitalismo realiza una promoción de la alegría (en otras ocasiones utiliza a modo de sinonimo el concepto de felicidad) es desde un interes utilitario fijado a partir de la necesidad de reproducirse de una forma mucho más eficaz ya que un trabajador que no se siente motivado en su tarea no tiene el mismo margen de productividad que uno que si lo esté. Para no ir tan lejos, podemos encontrar afirmaciones como “las personas felices incrementan su productividad hasta en 88% en comparación con aquellas que no tienen un estado de ánimo positivo en el centro de trabajo, reveló una investigación de la consultora Crecimiento Sustentable.”5, o, “de acuerdo con el estudio ‘Felicidad y trabajo’, la gente feliz presenta hasta 33% mayor energía y dinamismo, que deriva en mayor eficiencia y productividad en las empresas.” 6, presentes en un articulo del portal mexicano “El Economista” citadas únicamente a manera de ejemplo sobre el ideario que desde el capitalismo es agenciado al respecto7. En esta perspectiva se encuentra un hilo conductor que deja en evidencia los esfuerzos del sistema por encubrir la desazón, y con ella el bajo rendimiento, que produce en el proletariado las condiciones del trabajo alienado, materializados en caudales de productos literarios, cinematográficos, publicitarios, televisivos, entre otros, que tiene su expresión más grotesca en los programas de “autoayuda” y “superación personal” tan de boga en la actualidad.

Después de todo esto, quedan puestas las cartas del capitalismo sobre la mesa en relación a su vocación real de promover trabajadores (por no decir esclavos) contentos y satisfechos en su labor ya que es un imperativo para su explotación eficaz en términos de productividad, sin embargo y a pesar de ello, aún lo dicho no da lumbre sobre cómo la tristeza podría albergar una potencia revolucionaria, cuestión a la que dedicaremos las últimas líneas del presente artículo. En ese sentido lo primero que debemos aclarar es a qué nos referimos cuando hablamos de potencia, así pues, retomamos las reflexiones del filósofo Aristóteles8 quien señalaba que la potencia (o poder) debe ser entendida como posibilidad en relación al cambio. Por tal motivo, la potencia se expresará como oportunidad de la transformación que efectivamente se produce, o también, como la posibilidad de que no lo haga, bien sea en el sujeto u en la intervención que este realiza a su alrededor. Es clave tener en cuenta que para el filósofo griego, la potencia necesariamente requerirá de una condición inexorable para su consecución: encontrarse libre de obstáculos externos que le permitan ser. Es precisamente este elemento el que podría llegar a dotarle de carácter revolucionario.

Interpretamos que algo es revolucionario en la medida que logra trastocar profundamente la raíz de una estructura determinada para darle paso a un nuevo estadio. Dicho ello, afirmamos que la impronta revolucionaria de la tristeza estaría ligada a las condiciones que le son originarias, en otras palabras, lo que decimos es que si la tristeza de las sociedades contemporáneas está ligada a manera de consecuencia directa por la dinámicas de explotación propias del sistema capitalista, en ellas mismas se podría encontrar el germen que permita superarlas. Si el trabajo alienado produce rabia, frustración, y en últimas, la negativa del propio ser, es momento de recuperar nuestras emociones como la potencia de la que habló Aristóteles, es decir, como posibilidad de cambio. Porque rechazamos la intromisión del capitalismo en nuestro mundo sensible, negamos que nuestra tristeza nos petrifique, del mismo modo, que nos negamos a hacer de la alegría un lubricante para el correcto funcionamiento de la estertora maquinaria de la voracidad capitalista. A cambio de ello, reivindicamos que nuestra tristeza y lo que de ella se desprenda, como todo nuestro universo sensitivo, estén en función de humanizar la existencia, y no, de inmovilizarnos en nuestra propia explotación. Reivindicamos entonces que nuestras emociones sean la gasolina de mundos nuevos, que la alegría sea para colorear la fraternidad, y la rabia, tenga su lugar para extinguir en la ferocidad de su fuego las prácticas que desde el capitalismo nos han condenado a una desolación que contraria la ley de vida, que no es otra cosa, que la ley del constante cambio.

Contra el sistema y su alienación: Proletarios frustrados de todo el mundo…..¡atacad!

1VARGAS,Vila. José María. Diario secreto. Arango Editores. Bogotá, Colombia. (1989). p 123.

2Ibid, p 124

3MARX,Karl. Manuscritos de 1844. Tesis económicas, políticas y filosóficas. Ediciones Génesis. Bogotá,Colombia. Pp 106 – 107.

4GIRALDO,Octavio. Los héroes también lloran: por una auténtica masculinidad. Litocencoa. Cali, Colombia. (2003). P 8.

5Trabajadores más felices son 88% más productivos. Disponible en: http://eleconomista.com.mx/finanzas-personales/2012/01/04/trabajadores-felices-son-88-mas-productivos

6Ibid

7Otros relatos similares se encuentran en “El poder de la alegría en el trabajo” Disponible en: http://www.newfield.cl/newsletters-antiguos/alegria-trabajo y “La gente feliz es más productiva” Disponible en: http://www.lagranepoca.com/vida/41651-la-gente-feliz-es-mas-productiva.html

8Presentes en la Metafísica, Libros V y IX.