El Fantasma del Apagón

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Hace un par de meses desde las altas esferas del Estado  en cabeza de Juan Manuel Santos, se ha venido cocinado en la cabeza de todas las personas que residimos en Colombia un miedo por el posible apagón que se podría generar si las personas de a pie no ahorran energía y agua en el marco de los estragos del  mentado “Fenómeno del niño”. Más allá del hipócrita reclamo del Estado frente a las ciudadanas al mismo tiempo que es permisivo con los desmanes que genera la gran  Minería,  la corrupción innata del sector Energético del país, entre otras, en esta oportunidad queremos ahondar en las formas históricas por las cuales el Estado ha optado para seguir controlando a su población, siempre recalcando la falta de regulación de las colombianas cuando es hora de ahorrar, y por consiguiente, lavando su imagen frente a la crisis energética a la que se enfrenta el país.

Para ello trataremos de enfocar este artículo en  3 factores a saber:  los aspectos sociales, ambientales y estructurales que posibilitan esta situación.

La culpa la tiene el incrementado consumo de las ciudadanas.

El Estado enfatiza su estrategia de miedo apuntando a las viviendas de estratos 1, 2 y 3 de las principales ciudades de Colombia, en las que se destacan, Bogotá, Medellín y Cali. Apunta a este grupo focal argumentando que es el sector de la sociedad que más consume energía según estadísticas de la Unidad de Planeación Minero Energética –UPME-[1], esto no nos sorprende, pues sencillamente las viviendas de estratos 1, 2 y 3, albergan alrededor de 43 de los 45 millones de personas que habitan en Colombia. He ahí que el gobierno se esté dirigiendo a la inmensa mayoría de colombianas.

Descaradamente el Estado promueve una campaña de consumo con bombos y platillos llamando a la solidaridad, haciendo el papel de  víctima frente al consumo desaforado de la población sin mencionar las causas reales del actual estado de las cosas. Por ejemplo, no hace mea culpa frente a la obsesión de convertir a las ciudadanas en entes de consumo, vendiendo sin control el último televisor o teléfono  celular, promoviendo  que en festividades como la  Navidad se ilumine las casas con luces estrambóticas y electrodomésticos de alto consumo, entre otros artilugios propios del fetichismo de la mercancía según rezan los valores del capitalismo.

El Problema real es el Fenómeno del Niño.

Ya hemos señalado en anteriores escritos[2] la hipocresía por parte del Estado, al limpiar su imagen frente al ecocidio capitalista que viene cometiendo, en diferentes regiones, apostándole a su aplanadora minero-Energética, que se supone sería  el motor que potenciaría  de la economía nacional de una forma nunca antes vista. Para tal fin, no se ha titubeado en solucionar “gerencialmente” aquellos elementos considerados como  un estorbo para las finanzas del país al querer desechar las rentas que generaba una empresa estatal como ISAGEN, montando la pantomima según la cual todas las colombianas –léase el Estado- estábamos perdiendo plata con dicha empresa ya que era inviable según el manejo maniqueo de cierta información. En consecuencia, debía ser vendida al ¿“mejor”? y único postor, ¡como siempre una Multinacional que si encuentra la rentabilidad que el Estado niega.!

Su argumento se enfoca a su vez, en que debemos cuidar fuentes naturales como  lo son los ríos, olvidando que gracias a sus jugadas, estos se van privatizando y terminan por convertirse en una palabra más en los libros de Ciencias Sociales carente de todo significado sin nada tangible en la realidad, tal como sucede en el caso del Río Sambingo, el cual desapareció gracias a la minería ilegal, cuestión  que no deja de ser un coletazo del modelo extractivista que desde hace unos años se viene tratando de imponer en la agenda pública de manera inconsulta en plena concordancia con la fase Neoliberal del Capitalismo[3] criollo.

El país siempre ha estado preparado para estas crisis.

Sin mediar un poco de razón y por desconocimiento obligado, en noticieros de Tv, Radio y  periódicos, nos muestran que el problema se da por el consumo de las colombianas, por el fenómeno del Niño, por el incendio en la Central de Guatapé, o porque un Ministro incompetente no pudo prever una crisis como la que estamos viviendo en la actualidad dejando casi que inconexo el episodio de la misma categoría que  se vivió dos décadas atrás. Como siempre los medios controlados por los que verdaderamente ganan con un apagón – si, el sector privado-, no nos cuentan que lo que estamos viviendo es una expresión periódica del modelo de sociedad que hemos construido. Por tal motivo,  las campañas que invitan a mermar el consumo son de naturaleza  efímera, y no deberá sorprendernos  cuando pase esta crisis -que eventualmente pasará-,el intencionado olvido a los llamados por reducir nuestros niveles de consumo. Atrás quedaran las invitaciones  de apagar la luz que no estamos utilizando, de pensar en energías renovables, u otras iniciativas por el estilo. Si como sociedad no somos conscientes del nivel de consumo que nos tienen acostumbradas -alienadas- , estas manifestaciones cíclicas de crisis van a seguir persistiendo con resultados cada vez más catastróficos. Seguiremos los ciclos en los que unos pelearan  contra el Ministro de turno o contra el Presidente que en ese momento pongan arriba. Al igual nos quedamos con el discurso ambiental, en el cual pretendemos que podemos llegar a un nivel de desarrollo con energías renovables que se visten de verde, pero que en su momento serán plausibles simplemente porque ingresarán cómodamente  al mercado, validando sus gastos en términos de mínimo consumo, pero que no llegan a problematizar el modelo de consumo del cual este depende. Es decir, serán masivas, cuando sean rentables económicamente dejando intactos los intereses de los grandes capitalistas.

Más allá y parafraseando discursos reformistas, se habla  que la posible solución a esta crisis –¡Ojo! A “esta” no a “estaS”-, es el modelo de gestión que tiene Colombia, al cual hemos llegado gracias a la apertura económica en la que nos sumió el impacto de los Chicago Boys en LatinoAmérica el cual en 1994 después de las medidas tomadas por Cesar Gaviría, con racionamiento y la llamada “Hora Gaviria”[4], modificaron el Modelo energético del país, inculcando como es debido según la predica capitalista la máxima del Neoliberalismo de reducir el Estado a su mínimo, para que los privados pudieran tomar los principales sectores estratégicos y así “contribuir” a la modernización de un país atrasado respecto al modelo de desarrollo global.

La ley 43 de 1994, modificó este esquema, permitiendo a los privados actuar en la generación, transmisión, distribución y/o comercialización de la oferta energética del país. Mucho se habló en ese tiempo de que la operación pública era corrupta, burócrata y nos hacia perder plata y recursos, y por ello, si el sector estaba en mano de los privados nunca más íbamos a pasar por la “Hora Gaviría”, solo basta ver el desenvolvimiento de los acontecimientos para darse cuenta de la insostenibilidad del sector bien sea controlado por los privados o por lo Estatal.

Teoría del “Decreciemiento” o “Acrecimiento”

La teoría del Decrecimiento, es una propuesta política, social y económica que busca situar en la discusión del desarrollo, una perspectiva más razonable la cual deje de lado el paradigma del crecimiento ilimitado, y en cambio,  incentive a problematizar y  hallar soluciones a las nefastas consecuencias  que el “crecimiento por el crecimiento” nos ha conducido.

Uno de sus principales referentes es Serge Latouche, un Filosofó y Economista Frances que propende por una antítesis del Modelo de Desarrollo infinito,

“La consigna del decrecimiento tiene como meta, sobre todo, insistir fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento, […] En todo rigor, convendría más hablar de “acrecimiento”, tal como hablamos de “ateísmo”.

El desarrollo de un crecimiento infinito en un mundo finito es un imposible, pretender reformar un modelo que no tiene en cuenta factores ambientales, y sociales en su apuesta económica, nos ha llevado a plantear la lucha en términos que no podemos aceptar, puesto que servimos como la válvula de escape de una olla a presión, que sin más terminará explotando eventualmente.

Este pensamiento se puede caracterizar en las 8 R´s[5]:

Revaluar. Sustituir los valores globales, individualistas y consumistas por valores locales, de cooperación y humanistas.

Reconceptualizar. El desarrollo sacrifica tanto a la sociedad como a su bienestar en favor de los “empresarios del desarrollo”, las firmas multinacionales, los dirigentes políticos, los tecnócratas y las mafias. “La economía, apropiándose de la naturaleza y haciendo de ella una mercancía, transforma la abundancia natural en escasez a través de la creación artificial de la carencia y la necesidad”. Se trata de realizar un cambio de valores que reconduzca hacia una mirada diferente sobre la realidad. En este sentido, reconceptualizar la riqueza en relación a la pobreza o la escasez sobre la abundancia.

Reestructurar. Adaptar el aparato de producción y las relaciones sociales en función de la nueva escala de valores, como por ejemplo, combinar eco-eficiencia y simplicidad voluntaria.

Relocalizar. Producir localmente, a través de empresas locales, los bienes esenciales para satisfacer las necesidades de la población. Si bien las ideas tienen que ignorar las fronteras, los movimientos de mercancías y de capitales se tienen que limitar a lo indispensable, se debe recuperar el anclaje territorial.

Redistribuir. Tiene un doble efecto positivo en la reducción del consumo: por un lado, de forma directa, reduciendo el poder y los medios de la “clase consumidora mundial” y, muy particularmente, de la oligarquía de los grandes depredadores; por otro, de manera indirecta, disminuyendo la invitación al consumo ostentoso. El Norte ha adquirido una enorme deuda con el Sur que haría falta reembolsar, pero no tanto en concepto de donaciones sino por medio de una disminución de las explotaciones en territorio tercermundista. La impronta ecológica es un buen instrumento para determinar los derechos de explotación de cada cual.

Reducir. Disminuir, en primer lugar, el impacto en la biosfera de nuestra manera de producir y consumir. También las horas de trabajo y el consumo sanitario, especialmente en cuanto a los medicamentos; así como el turismo de masas: el deseo de viajar y el gusto por la aventura están inscritos en el corazón humano, pero la industria ha convertido este deseo en consumo mercantil destructor del medio ambiente.

Reutilizar y reciclar. Alargar el tiempo de vida de los productos para evitar el consumo y el despilfarro.

Viendo esto podríamos nosotras añadirle otra r:  la de Reanimar la Lucha, siendo necesario volver a poner la utopía en la conversación con las nuestras, cambiar de modelo de desarrollo implica destruir los valores negativos que han hecho de nosotras para reconstruirnos. Reconstruir un mundo posible en el que la depredación del hombre por el hombre y la naturaleza  sean palabras sólo recuerdos  escritos en los libros de historia.

[1]                     http://www.siel.gov.co/siel/documentos/documentacion/Demanda/Proyeccion_Demanda_Energia_Electrica_Octubre2015.pdf

[2]                     Ver por ejemplo : https://ccsubversion.wordpress.com/2016/03/10/fenomeno-del-nino-sin-eufemismos-ecocidio-capitalista/  y https://ccsubversion.wordpress.com/2016/03/03/crisis-arijuna-del-pueblo-wayuu/

[3]                     http://www.semana.com/nacion/articulo/fenomeno-de-el-nino-se-seca-el-primer-rio-en-colombia/458485

[4]                     http://www.semana.com/economia/articulo/termoflores-dificil-situacion-del-sector-electrico/463392

[5]                     http://iniciativadebate.org/2012/09/20/teoria-del-decrecimiento/

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